Si las apariencias no engañan, que suelen engañar, a los políticos españoles les ha dado un ataque de cordura. Los dos partidos mayoritarios han decidido rebajar la tensión por el 11-M. En el PP, Mariano Rajoy ha hecho la gran rectificación: después de prometer su apoyo a «cualquier otra investigación», ahora ha dado instrucciones de que ese asunto deje de ser prioritario. La consigna es centrarse en sus propuestas electorales, denunciar los fallos del Gobierno y cambiar por completo de disco. En cumplimiento de la orden, Ángel Acebes ya no contesta preguntas sobre la sentencia; Zaplana no actuó ayer en las réplicas a Rubalcaba, y quiso la casualidad que el mismísimo Aznar no citara el 11-M en el discurso de presentación de su último libro.
El PSOE, a su vez, también pliega velas, y Rodríguez Zapatero pidió prudencia a sus dirigentes. En su intervención parlamentaria de ayer, Pérez Rubalcaba adoptó una posición que podríamos llamar técnica, y no fue tan hiriente en sus referencias a la oposición. Rebajó su tono de enfrentamiento, y solo puso cara de póker cuando los portavoces de otros partidos arremetieron contra el Partido Popular.
Solamente falta por saber si el Gobierno adopta esta posición institucional, pero hay un reparto del trabajo con otros líderes como José Blanco, para que ellos se encarguen de atizar la lumbre. Mientras esa clarificación llega, se respira un aire de mayor sosiego. Si no hubiera la agitación del recurso de la Fiscalía por la absolución del Egipcio, podríamos estar entrando en territorio de calma.
La pregunta es por qué este cambio de rumbo. Muy sencillo: porque el PP llegó a la conclusión de que es más productivo atacar al Gobierno por su labor que hurgar en estas heridas. El PSOE también piensa que necesita más convencer al electorado de su obra y sus proyectos que continuar en una gresca que da muchos titulares y agita muchas tertulias, pero no está claro que traiga votos. Ahora, ambas fuerzas quedan en una actitud que se parece a la guerra fría: atentos a los movimientos del adversario para accionar su maletín nuclear.
Cuesta trabajo hacerse a la idea de que el 11-M desaparezca como argumento central de la crónica política española, pero puede ocurrir. No saben los señores Zapatero y Rajoy el favor que le harían a la sociedad. Sería la forma más decente de superar un trauma que ha durado casi cuatro años. Sería la forma más sana de dejar que los recursos, si se presentan, se resuelvan sin presiones externas. Y sería el momento de dedicar a nuestra clase política un elogio firmado por Gracián: «Más vale un gramo de cordura que arrobas de sutileza. Varón prevenido de cordura nunca será combatido de impertinencia». A ver si es verdad.

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