No hay entrevistas en televisión, de Miquel Giménez en El Mundo de Cataluña
PRISMA
Lo ha dicho Julia Otero, que afirma, con muchísima razón, que no hay entrevista, por más buena e interesante que sea, que aguante el flagelo del share. Entendámonos, la señora Otero se refiere a una entrevista en profundidad, lúcida, con sosiego, intentando buscar la verdad del invitado. Pero eso ya no vende. Todo lo que no sea exabrupto, ordinariez y amarillismo, ha pasado a mejor vida.
Uno recuerda, debido a su edad casi provecta, aquella maravillosa La Clave, con un José Luis Balbín fumando en pipa y rodeado de políticos, escritores, científicos y personajes de todo tipo, mientras se discutía con pasión, argumentos y respeto cualquier tema. O aquellas magníficas entrevistas del maestro Joaquín Soler Serrano. Las suelo revisitar de vez en cuando porque alguien tuvo la bienhallada idea de reeditarlas en vídeo. ¿Saben ustedes lo que es ver a todo un periodista culto y respetuoso conversar pausadamente con un Josep Pla más socarrón e incisivo que nunca? ¿O hilvanar palabras con Borges, quizás el más grande escritor en lengua hispana del siglo XX, como el que borda una sutil tela de araña hecha de pensamientos y letras?
Tiene razón la señora Otero. Ahora, la televisión se ha convertido ya no en la caja tonta que algunos izquierdosos de cartón piedra denostaban, sino en algo peor. Ahora es la caja zafia. Sacas a cualquier prostituta de bar de camioneros venida a más por haber fornicado con cualquier piernas famoso y ya tienes una entrevista. Bueno, denominar entrevista a lo que perpetran los que dicen ser reporteros del corazón es un acto de piedad y compasión que no merecen. Esos personajillos que pululan en programas repletos de gentuza, y en los que en numerosas ocasiones es imposible distinguir quién es más miserable, si el entrevistador o el entrevistado, son los que atraen al público. Dicen los que manejan el negocio televisivo que es lo que da audiencia. Mentira. Su impotencia intelectual les hace pensar que la ciudadanía está capada, como lo están ellos, en materia de sensibilidad. La gente no ve según qué tipo de cosas porque les guste. Las ven porque no hay mucho donde elegir. Quién nos hubiera dicho a los que defendíamos la televisión privada que ésta lo único que conseguiría seria bajar el listón de calidad del conjunto de la programación que se ofrece hoy al tele espectador.
Por eso, en el Ente Público, léase RTVE, existe un dicho perfectamente aplicable a otras televisiones: las entrevistas en profundidad a horas que nadie las vea y, si hay un segundo canal, a ése.El ostracismo de lo intelectual es, por tanto, una realidad palpable con tan sólo echar una mirada a los canales que nos ofrecen la misma porquería envuelta en papeles de colorines similares.
Claro está que si alguien quisiera volver a ofrecer entrevistas sutiles, inteligentes e instructivas a personajes interesantes, o programas como el mítico L'apostrophe francés, en el que sólo se hablaba de libros y de literatura, con un éxito notabilísimo durante años, lo primero que precisaría serían periodistas cultos, leídos, aptos, que supieran llevar a buen puerto estas naves de difícil manejo. Porque, para trabajar con la cultura, lo primero es ser culto, no lo duden.
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