Sabios sin saberlo, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia
Los excesos de cálculo son tan desaconsejables como la precipitación. El sentido de la medida y el tiempo propicio marcan el espacio de la sabia decisión. No nos referimos tanto a la de los pequeños avatares de la vida, cuanto a la que se exige en los grandes desafíos, por cierto cada vez menos frecuentes. De todos modos, siempre he preferido los asuntos que me quitan el sueño a aquellos que me dan sueño. En general, los que desean zanjar las cuestiones de una vez por todas o resolverlas tajantemente suelen ser descuidados y peligrosos. Eso no significa que, a veces, no se haya de intervenir con contundencia y celeridad, pero lejos de la voluntad salvífica de irrumpir haciendo ostentación de energía y confundiendo cualquier intervención con la firme voluntad. Me agrada más quien, sin hacer ostentación de sabiduría, establece clara, insistente y decididamente los mecanismos, los procedimientos, las estrategias, los cronogramas y actúa coordinada, organizada y conjuntamente con los otros. Para ello se requiere corresponsabilidad y, sobre todo, algo inusual, prudencia y sabiduría.
No suele ser habitual hablar de la sabiduría. Desde luego no consiste en un acopio erudito de conocimientos, ni en una sobredosis de información, ni en la arrogancia expresiva. Se parece cada vez más a la sencillez y a la inteligente apertura y flexibilidad, a la capacidad de dudar, de escuchar, de contemplar, de reflexionar y de actuar. Esta dimensión práctica de la sabiduría es bien conocida en contextos en los que ser un hombre sabio o una mujer sabia no se agota en el conjunto de citas que se es capaz de hacer.
A veces creemos que la sabiduría implica un cierto alejamiento de las cuestiones prácticas de la existencia. Sin embargo, más bien supone una toma de distancia respecto de los llamados poderes, honores y riquezas o, dicho de otro modo menos clásico, respecto de los valores convencionales erigidos como supremo atractivo. La sabiduría implica un cierto retiro de esas seducciones y, por qué no, una determinada ascesis. Todo ello bien compatible con el gozo y el placer de vivir.
Quizá la máxima expresión de la sabiduría consista en llegar a ser alguien cuidadoso, de sí mismo y de los otros. Lejos de la voluntad de avasallar o de ser avasallado, el gusto por los detalles o la atención exquisita a los aspectos más definidos o concretos procura un comportamiento que, digámoslo sin miramientos, da gusto. No inquietarse en exceso, no resultar melindroso ni temeroso, eludir las grandilocuencias y, sobre todo, no desenvolverse con aspavientos ni alarmismos muestra algo más que un saber hacer, es un modo de ser, una forma de vivir.
Hoy que, con razón, preconizamos los valores, los principios, las convicciones, no faltan quienes los confunden con la intransigente e inamovible posición de cuantos estiman que ser una persona cabal es no estar dispuesto a dejarse decir algo, ni a verse afectado o influido por la palabra del otro. Eso sería ceder. Se malentendería entonces la sabiduría como la capacidad de no alterar ni un ápice la posición, dado que, en última instancia, se confundiría con estar en posesión de la verdad. Y, por tanto, a los demás les correspondería identificarse con lo que ya sabemos y pensamos. Dado que los otros se encontrarían en el error, sólo cabría decirles lo que, a todas luces, es mejor, incluso indiscutible. Y así, el sabio no pasaría de ser alguien adoctrinador y repelente.
En este sentido es en el que todos necesitamos entrar al Banquete de Platón para comprender que la palabra no es patrimonio de nadie, que hemos de dialogar y conversar, que es necesaria la palabra de todos y de cada uno, que es preciso crear espacios y dejar hablar, y no como un acto de permisividad, sino de reconocimiento. Lo que resulta realmente sabio es no considerar que uno lo es, o estar dispuesto a renunciar a creer serlo para, en el mejor de los casos, amar el saber, lo que implica no estimar que uno lo posea. Nunca se ama lo que se posee, nunca se posee lo que se ama. Amar supone no poseer. Éste es el desprendimiento necesario para la sabiduría, evitar la posesión, incluso del saber, incluso de la verdad.
Hoy, cuando tantos se erigen como portaestandartes de lo auténtico, de lo genuino y verdadero, de lo esencial, precisamos como nunca de quienes estiman que la sabiduría consiste no en la indiferencia de quienes ya saben que saben, sino en la abierta decisión de abrirse a los otros, hasta, en su caso, la amistad. Séneca lo subraya. Sin amigos no hay sabiduría, sin compañeros, sin aquellos con quienes verse en algo, sin hacer causa común, el sabio deviene un petulante.
Por eso resulta tan molesta la posición partidista autosuficiente, excluyente, prepotente. No sólo por lo desagradable que nos parece, sino por lo pretendidamente sabia que se presenta. La sabiduría empieza por no considerarse propietario del saber. Probablemente ésta es la mayor de las ignorancias, la de pensar que uno se lo sabe todo y mejor que los demás, quienes, por supuesto, están confundidos, equivocados. La defensa argumentada de las propias posiciones, la búsqueda y explicitación de los motivos, la razonable apuesta por lo más convincente, plausible, verosímil, no significa sino la asunción de lo preferible, pero no la adquisición y fijación perenne de un estado y, menos aún, su imposición. Saber buscar e incluso saber equivocarse y hasta reconocerlo son formas de sabiduría de quien sabe precisamente que no es sabio. Y si por tal se entiende la plena entronización en lo incuestionablemente verdadero, ni siquiera serlo resulta interesante. Convendría que quienes airean, convencidos pero no siempre convincentes, la sabiduría de su incuestionable posición problematizaran lo que piensan. Aunque sólo fuera por curiosidad, la de ver si les es posible pensar de otra manera y, más aún, ser otros que quienes son. El engreimiento es la máxima expresión de la ignorancia o, lo que es lo mismo, de la sabiduría que ya cree sabérselas todas.
Á. GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.
