CRONICA HISTORICA

Un siglo atrás, el presidente del Gobierno fue víctima de un atentado anarquista en Barcelona perpretado por Joaquín Miguel Artal, un joven de 19 años

Poco antes, había sido ametrallado el tren en el que viajaba hacia Madrid

«Nosotros somos nosotros», «Con la patria se está, con razón o sin ella», o «La revolución desde arriba» formaban parte del acervo doctrinal del abogado y político Antonio Maura (1853-1925), quien hace un siglo presidía el llamado Gobierno Largo (1907-1909), un claro reflejo de la crónica inestabilidad política que vivía el país. «Maura sí» o «Maura no» eran los gritos que enfrentaban en la calle a partidarios y detractores, entre estos últimos muchos anarquistas que intentaron acabar con su vida en dos atentados, el segundo de ellos perpetrado en Barcelona.

Estos atentados fueron los antecedentes de otros que sufrieron sucesores suyos, como José Canalejas y Eduardo Dato, ambos asesinados, lo mismo que el almirante Carrero Blanco, éste a manos de ETA.Con anterioridad, un anarquista italiano cometió otro magnicidio en la persona del líder conservador Antonio Cánovas del Castillo.

En la primavera de 1904, Maura había preparado cuidadosamente la primera visita oficial de Alfonso XIII a Barcelona y consiguió que fuera aclamado entusiásticamente gracias a su habilidad en incorporar nuevos flujos sociales a la Monarquía. El 6 de abril hizo una entrada triunfal en la ciudad a bordo del tren real mientras que una salva de 21 cañonazos le daba la bienvenida.El día 8, visitó la Diputación y el Ayuntamiento, donde el concejal Francesc Cambó lamentó la asfixia económica de Barcelona y reclamó la autonomía del municipio para llevar a término sus planes de expansión. El monarca respondió que, si dependiera de él, accedería a la petición, pero que se trataba de una materia que correspondía resolver al Gobierno de acuerdo con la Constitución. Cuatro días después, el presidente del Gobierno era objeto del segundo atentado contra su vida en poco tiempo.

Maura había acompañado al Rey en los actos oficiales, y en Capitanía tomó un coche descubierto para dirigirse a la Diputación, donde se alojaba ocasionalmente. Cuando el carruaje se encontraba frente a la iglesia de la Mercè, un joven se adelantó con un sobre en la mano y saltó al estribo mientras se quitaba la gorra. El presidente pensó que se trataba de una petición y extendió la mano para recibir el sobre, pero el joven sacó un puñal y lo hundió en el costado izquierdo de Maura, que trató de sujetarle el brazo.Los pliegues del traje de uniforme que vestía impidieron que el puñal penetrara, y todo quedó en una herida, según el parte facultativo del doctor Alavern, médico de cámara del Rey.

El agresor, que había gritado «¡Viva la anarquía!» mientras corría para escabullirse por la calle de Serra, fue detenido poco después e identificado como Joaquín Miguel Artal, de 19 años, natural de Barcelona, quien trabajaba como sirviente para una familia de la calle Ample. En su poder se encontró un ejemplar del diario La Publicidad y otro de El Diluvio, así como un tercero de El Pueblo, donde venía subrayado un artículo de Vicente Blasco Ibáñez en el que llamaba a Antonio Maura «carne de Angiolillo» (el anarquista italiano que asesinó a Cánovas del Castillo). Los periódicos de la época publicaron este perfil del joven Artal: «Cuando era niño demostraba costumbres morigeradas y hasta llegó a manifestar deseos de ser sacerdote, habiendo sido monaguillo de un convento de monjas de Badalona. Más adelante aprendió el oficio de escultor tallista y, por último, por ser hijo de una sirvienta de la casa de don Juan Nadal de Vilardaga, fue también criado de dicho señor, en cuya casa observaron hace algún tiempo que Joaquín Miguel Artal había cambiado de carácter, que se mostraba reservado y que su laboriosidad no era la de tiempo atrás».

El detenido se declaró anarquista y confesó que había asistido a algunos mítines anarquistas y republicanos, aunque la policía no tenía constancia de militancia alguna. El arma con la que realizó el atentado era un antiguo cuchillo de monte que había hurtado de una panoplia en la casa Nadal de Vilardaga. Tenía una longitud de unos 20 centímetros, y su mango negro de unos diez. La hoja tenía forma de cuchillo de cocina, pero muy afilada y puntiaguda.

Antonio Maura estaba considerado como el gran tribuno de la España de comienzos del siglo XX. Tenía un buen estilo oratorio, con toques retóricos, y era la bestia negra del proletariado anarquista.Antes del intento de Artal, hubo otro cuando el tren en el que el presidente del Consejo de Ministros se dirigía de Valencia a Madrid fue ametrallado al pasar por las estaciones de Alicante y San Vicente. La puntería de los asaltantes no era muy buena, ya que las ráfagas sólo atinaron con diez impactos en los vagones del convoy sin causar heridas de importancia a los viajeros, empezando por el propio Maura, que resultó ileso.

Si Maura protagonizó una destacada y controvertida carrera, su descendencia ha producido una variada representación en el mundo político, de las letras y de la farándula. Sus nietos Jorge y Carlos Semprún Maura (el primero fue ministro de Cultura del Gobierno de Felipe González) fueron expulsados del Partido Comunista por Carrillo. «Son aristócratas», había dicho el viejo político.«Falso», tronó Semprún: la familia Maura procedía de la burguesía media. El padre de don Antonio era propietario de una empresa de curtidos en Palma, con 40 trabajadores; nada que ver con los Rockefeller en cuanto a fortuna ni con los duques de Alba o de Medina Sidonia en cuanto a raigambre aristocrática.

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