En razón de un programa que hacemos en la televisión balear con Maria Pau Janer y Miquel Verd, se nos meten en la pequeña pantalla antiguos personajes famosos. Esa vida que pasa y que sólo algún hálito de nostalgia nos recrea, como nos ha ocurrido estos Fieles Difuntos con Natacha Rambova. O sea, Winifred Hudnut, nacida en el Utah mormón a finales del XIX. Pero como ofrecía una pulposa belleza y cierto talento se rebautizó y encaramó al estrellato hollywoodiense. Se casó con Rodolfo Guglielmi, de la Puglia; bueno, con Rodolfo Valentino, el primer y mítico latin lover del cine americano, quien interpretando Los cuatro jinetes del apocalipsis tanto ayudó a convertir en superventas mundial de nuestro novelista Blasco Ibáñez, hoy sumido en el olvido.

Pero Valentino murió, y sus fans se desmelaron tanto que incluso durante años nunca faltó una rosa sobre su tumba. Aunque su viuda se lo tomó algo mejor y en 1931 se vino a Mallorca, a Cala Fornells, fronteriza con mi pueblo. Sólo una veintena de extranjeros vivían entonces por estos andurriales hoy carentes de mallorquines, donde Natacha se construyó una atrevida casa sobre las rocas costeras. Y alquiló las modestas cuevas de Gènova, iluminando sus estalactitas y estalagmitas para abrirlas al turismo, pagando entrada. Aunque picando más alto, pues volvió a casarse, ahora en la endamascada catedral de Palma con el marqués ¿del Mérito? Álvaro de Urzáiz y Silva. Para retornar a Estados Unidos cuando empezó la Guerra Civil.

Pero, ¡ah, la posguerra! Quedaban en la casa unos posaderos indígenas, a cuya hija, una revuelta belleza de rubia melena, llamábamos Na Tatxa, es decir, La Tachuela, al mallorquinizar el reverencial Natacha. Na Tatxa, que venía a la fiesta mayor de mi pueblo y participaba en el concurso para elegir a la más bella. Pero siéndolo y como la votación era popular, siempre votaron a otra. Mientras con ella debían bailar gloriosos en la noche de luna, banderines y chirimías, Natacha Rambova y Rodolfo Valentino. Cuánto imaginado y perdido amor adolescente...

Pero no fue ésta la única imaginación que reinó sobre Cala Fornells. Pues en dicha posguerra, don Juan de Borbón desterrado de España, no obstante se acercaba en su yate por Mallorca. El gobernador civil hacía la vista gorda, y él descendía a tierra. Donde el marqués del Mérito había dado un duro a cada jaenero - así llamábamos a los primeros inmigrantes- de la docena que desbrozaban el precario camino de la cala, los cuales cuando don Juan ascendía penosamente con su corpachón entre los lentiscos, proferían varios entusiastas "¡Viva el Rey!". Con lo que, de alguna manera, se presagiaba el entonces imprevisible futuro español...

Como yo no cobraba, nunca vitoreé. Aunque atisbaba por si aparecía Na Tatxa. Todos, con nuestros ensueños. De los cuales sólo queda la monarquía y, en Estados Unidos, alguna gente que aún será feliz gracias a que Natacha dejó su herencia a una institución benéfica.