El cuchillo de Panero, de Juan Bonilla en El Mundo
LAS AFUERAS
Tengo delante una fotografía de Carlos Miralles en la que Leopoldo María Panero empuña un cuchillo con cara de único superviviente adulto de una catástrofe planetaria. Así que el gesto amenazante -el cuchillo está en una posición que igual puede encarar a un enemigo exterior que al que habita al propio poeta- parece dirigido a una patulea de niños a la que se quiere asustar, o quizá sólo recomendarles: si crecéis, os pasará lo que a mí.
La pose del poeta -tan importante para la relevancia de su nombre como su poesía- tiene algo de enternecedor, pues a fin de cuentas no ha habido ninguna catástrofe planetaria que haya aniquilado a todos los adultos y haya dejado a Leopoldo María Panero como emperador de un planeta de niños asustados. Pero también algo de ridícula, toda vez que sabemos que el cuchillo no va a dirigirse hacia quien lo sostiene: una pose perdonable en un poeta adolescente, que es lo que Leopoldo María Panero ha sido siempre.
¿Hay algo más enternecedor que un Rimbaud viejo ejerciendo de adolescente intratable? Aceptemos que resulta cansado saltar su comba, pero aceptemos también que ello se debe a que, mientras el poeta se ha quedado en esa edad en la que Rimbaud todavía confiaba en los gestos rebeldes y amenazantes, en la estrategia de escandalizar, nosotros hemos dejado ya muy atrás ese país pletórico y miserable que es la adolescencia. Aceptemos, pues, que ya no es un poeta para nosotros, porque sigue siendo un poeta para adolescentes.
Lo que me lleva a la adolescencia en la que yo también leí admirado sus libros de poemas breves, amenazantes, de imágenes escabrosas e inmensas oquedades desgañitadas. Todavía viaja en mi lista de libros buscados la primera edición de Por el camino de Swan, y recuerdo nítidamente el momento en que el nombre de Leopoldo María Panero saltó a mis manos en las páginas de la revista La Luna de Madrid, con un cuento que me pareció entonces formidable, Paradise, acerca de un tipo que se pasaba la vida en el metro buscando un amor. La prosa de Panero es menos potente que su verso, y su verso menos que sus episodios, pero ésta parece ser norma común en los poetas que imantan, con su malditismo, la atención de los adolescentes: al adolescente le interesa más en un poeta un personaje con el que un hábil guionista pudiera hacer una buena película, que los textos de ese poeta. El último libro que me he comprado de Leopoldo María Panero -pues hay temporadas en las que decido serle fiel al adolescente que fui y caigo en esas tentaciones- es uno de prosas. Lo castiga quizá el título más ridículo de la literatura española: Papá, dame la mano que tengo miedo. En la cubierta, un Leopoldo María Panero con cara de ser el único damnificado por una catástrofe planetaria sostiene entre las manos una calavera.
La sensación es la de encontrarse ante una extraña combinación de diario de adolescente, bitácora de loco y casa de citas de un lector que o no digiere bien sus consumos o lee sólo para subrayar frases olímpicas. Es como si alguien hubiera barajado materiales de esas tres procedencias para iluminar un texto en el que igual te encuentras con un puñetazo lírico que con inverosímiles reivindicaciones criminales (como cuando se atribuye la muerte del poeta Luis Rosales). También mucho efugio púber que está en todos los cuadernos que llenábamos cuando éramos chiquillos: «Mi vida no merece el nombre de vida, no hay rastro en ella de lo que significa la palabra vida». Y cándidas preguntas cuyas respuestas abolirían el sentido del propio libro en el que las leemos: «¿Pueden los hombres aprender de mis páginas la virtud del silencio?». Si no la ha aprendido ni el propio autor de la pregunta es difícil que la aprendamos los demás.
Este libro de Leopoldo María Panero, desordenado y cansino, hubiera necesitado de unos aledaños más firmes que lo potenciaran, una introducción que nos lo presentara como un texto de interés clínico, quizá, un ensayo sobre la enfermedad -espléndidamente reflejada en las comedias americanas de última hornada- de seguir siendo adolescente una vez alcanzada la edad adulta. La sensación es rara: como si anduviésemos por la orilla de una playa y nos llamasen la atención los gritos de alguien que se está ahogando, que nos pide que nos zambullamos para que lo salvemos. Pero ese alguien lleva un cuchillo en la mano, y en vez de limitarse a pedir socorro dice cosas como: «Toda crítica del mundo debe realizarse a partir de un único golpe de Estado, un golpe de Estado permanente, el seminario de la blasfemia, permanente en la barra de los bares, la enseñanza del crimen y del horror».
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