En tiempos recientemente pasados, poco más de un cuarto de siglo, no era la «contaminación» la situación negativa reinante que exigiera la atención de Mr. Al, el buen amigo americano, sino que, durante muchos años nuestra enemiga, las enemigas de la España y su unidad, fueron, «la pertinaz sequía» con el obligado complemento de aquella terrible «guerra internacional» que, a pesar de los esfuerzos de la Delegación Nacional de Propaganda, al fin perdimos, los obstáculos que nos impidieron alcanzar las asombrosas metas a que la España, «Unidad de Destino en lo Universal» (UDU), estaba llamada; «alturas nevadas», que para nuestro noble «Franco», también gallego y popular, y su Delegación Nacional de Propaganda se plasman hoy en la «Unión de la Unitarios», con su tremolar de la enseña bicolor y con su entonar el himno, más música de paseo que de «marcha», al que se «quiere» para poder cantar añadir una letra «neutra», aunque «patriótica», para que resuene en los campos de juego y en la plaza de Oriente. Letra para cubrir el tonto «La, la, la...», de la señora Massiel..
Fueron los pasados tiempos, tan buenos y regalados años, para orejas y obispos; tan de «Paz, Vespa y Educación y Descanso», tan de «Tortilla, Pantano y 600», que el pueblo subyugado pronto alcanzó a subirse a la felicidad del «vagón» del «olvido» de los que fueron horribles años del «paseíllo» rojo, según el fino cardenal, español y opusdeístico; «carrera del señoritu», los llamaba Alvarín Álvarez Ardura, el «neñu pintu», cenetista y de Ciaño, por lo que ni punto de raro tuvo, para el entender de la Su Eminencia Reverendísima, el que después de las victoriosas cruzadas, los grupos nacionales hubieran devuelto el paseo con saludo y bala.
Pasados los peores tiempos, casi vacías las cárceles («y los muertos, bien muertos están»), no es de extrañar que un grupo selecto de laicos, «piados y nacionales», hubiera lanzado, en diciembre de 1957 la, para hoy, divertida hoja-manifiesto pidiendo «El Capelo Cardenalicio para Francisco Franco Bahamonde, Invicto Caudillo, por los grandes servicios que durante más de veinte años ha prestado a la Iglesia». «Nada más justo, nada más equitativo, seguía la hoja peticionaria, que este premio (como si fuera de la Fundación) al hombre que, sin ser sacerdote, mayores servicios ha prestado a la Santa Iglesia».
La petición estaba muy bien fundada e, incluso, allanaba brillantemente, como correspondía a sus esclarecidos impulsores, el camino para salvar el escollo de la «seglaridad» del beneficiario, «que por no ser prohibición de Derecho Divino, sino de Derecho Positivo, queda en manos del Sumo Pontífice hacer la excepción», amparándose en conocidos precedentes históricos: «infante don Fernando de Austria, el duque de Lerma o Mazarino», señalaban.
No alcanzado el deseado principado de la Santa Madre, siete años después, en 1964, un clérigo, asturiano y singular, don Cesáreo Rodríguez y García Loredo, de alto y elegante porte al andar, con ligero defecto de «oscilante cabeza», que luego evidenciaría al mundo con su opúsculo «Franco Rey», editado en Ponce, Puerto Rico, en el que pedía para el Caudillo -no logrado el «capelo»-, ni más ni menos que «el Trono de España», con gran aparato de razones y fundamentos, dieciséis poderosas causas invocaba a favor de su patrocinado; de la 1.ª, o sea «por los descollantes méritos del Caudillo», a la 16.ª que correspondía a «las altas cualidades que el decoro de la futura Reina indefectiblemente requiere», cualidades éstas últimas que resumía en dos: el «catolicismo connatural» y no adventicio por razones de Estado, nutrido y fomentado con el ejemplo y la enseñanza de un católico y piadoso hogar paterno; y la nacionalidad, «que la futura Reina, que ha de ser española, como lo fueron las mejores reinas de España con Isabel Católica a la cabeza», bondades que el canónigo ovetense encontraba encarnadas en grado superlativo en la egregia doña Carmen Polo de Franco y Martínez Valdés, cuya estirpe, subrayaba, «es de las de más raigambre, solera y abolengo de Asturias, donde viene -como decía nuestro clásico- toda nobleza, y que ha dado también esposa -doña Jimena- a otro caudillo célebre: el Cid Campeador», todo conducía al Caudillo y su esposa al Trono propuesto.
Si el bueno de don Cesáreo hubiera podido asistir -gran sotana de seda con esclavina, manto de merino y teja de gala recubierta de vistoso terciopelo-, a las recientes ceremonias principescas del Campoamor, de Oviedo; o resguardada su alta figura contra las brisas de la mañana en su «dulleta» de fina lana merina, a las jovialidades y contentos de los «Humanitarios de San Martín», de Moreda, hubiera gozado al ver, casi hecho realidad, el posible reinado futuro de otra egregia asturiana, también de Oviedo, a la que adornan hoy los mismos atributos de catolicidad, religiosidad de hogar, y nacionalidad, que hace cuarenta años hacían de doña Carmen, la reina perfecta.
Sólo faltaría, para enturbiar tan gratas fiestas patronales, en las que las Asturias, ayer revolucionarias y hoy «prejubilada, monárquica y alonsina», tanto luce, y goza, que por los «anatemas» de la octubreña ley de la Memoria, puedan quedar tachadas la época, la figura y el caudillaje y las normas dictadas por el fallido «Príncipe de la Santa Iglesia» y «no nato» Rey de España..., y que todo cuanto él hiciera y dispusiera durante su régimen «se tuviera» como mandara el tataradeudo del actual Rey, el canalludo y artístico don Fernando VII, con su ley del «mayo persa», en relación a los tiempos, la Constitución y los decretos de las gloriosas Cortes de Cádiz, «por ni hecho ni dicho... de ningún valor ni efecto... como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen del medio del tiempo...»
Si tuviésemos, de verdad, los tiempos del Caudillo por no pasados, sus leyes por no dictadas..., tendríamos al Rey que él «instauró» con el voto de sus procuradores, por no «puesto»..., y otra vez, la candidata asturiana, como le ocurrió primero a doña Carmen, quedaría con su Cid, pero sin trono...
Como republicano, y en vísperas de cumplirse el próximo 7 de noviembre un aniversario más del «injusticiamiento» de Riego en la plaza de la Cebada, así lo deseo, para que el pueblo, recuperada la Memoria, libre y desligado de las ataduras pasadas, haga, por fin, el camino tantas veces emprendido y nunca concluido.
Quizá la fotografía del actual Monarca en el «Nuevo Prado» a los pies del gran cuadro de Gisbert, con la escena del fusilamiento de Torrijos, uno de los sostenes de Riego, «Que los fusilen a todos, yo el rey», ordenó quien años antes había ordenado el ahorcamiento de nuestro paisano después del más humillante de los «paseíllos» madrileños, sea anuncio de que ellos, serán los soberanos.

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