Con «z» de deslizamiento, de Javier Morán en La Nueva España
Serios reveses portuarios con la desviación de la obra ampliatoria y con la autopista del mar, que no tocará Gijón por falta de iniciativas privadas
Justo cuando da comienzo la precampaña del PSOE nacional en Asturias -bajo el lema «con "Z" de Zapatero»-, constatamos la mala pata del director general de Transportes del Ministerio de Fomento, Fernando Palao Taboada, cuando relató hace unos días que lo que se estaba produciendo en la obra de ampliación del puerto de El Musel era un «deslizamiento importante».
Eso es, deslizamiento, con «z». Palao Taboada podía haber utilizado los términos desviación, desvío, extravío, alejamiento, apartamiento o descamino, pero tuvo que usar deslizamiento, con «z».
No obstante, hay que reconocer que deslizamiento, y su matriz, desliz, es una de las palabras más interesantes de la lengua. El etimologista Joan Corominas, si no nos falla la memoria, señala en su diccionario que el más remoto origen de esta palabra podría ser onomatopéyico y correspondiente al sonido que algo o alguien produce cuando resbala sobre una superficie lisa.
Es decir, cada vez que suena «desliz» vendríamos a retrotraernos miles de años atrás, tal vez hasta el Sidrón o hasta Atapuerca, donde un primitivo locuaz estaría describiendo a sus semejantes cómo sonó la gran bofetada que se dio un prójimo al resbalar sobre una roca lisa, o sobre el barro, en la Sima de los Huesos, pongamos. Algo semejante sucedería con el término inglés «slip», de semejante significado.
Pero vamos a dejar estos rollos etimológicos -ciencia sobre la que Palao Taboada no necesita conocimientos para su labor-, y vamos a ir al meollo del asunto.
El desliz portuario gijonés se llama 40.000 millones de pesetas. Su cuantía entra por los ojos de cualquier ciudadano. Lo comenta alguien en el bar, y en la frutería, y en el estanco. No es que la ciudad haya detenido la respiración cuando Palao Taboada expuso el deslizamiento, con «z»; pero sí está resultando ser uno de esos asuntos que sobresalen de cuando en cuando por encima de la difusa, profusa y confusa cosa que es la cosa pública, o procomún.
No es un asunto cualquiera. No vale decir que la desviación presupuestaria es siempre normal. En efecto, hay desviaciones en casi toda obra pública de envergadura, y la de El Musel lo es sin duda alguna. Pero no hablamos de un diez, o de un veinte por ciento de desliz presupuestario, sino de un cuarenta por ciento sobre una cuantía licitada de unos 580 millones de euros. Son los referidos 40.000 millones de pesetas, más lo que esté por venir hasta el final de las obras. No es un asunto cualquiera.
Y por ello habrá que descubrir el origen de los sobrecostes, pero no a ojo de buen cubero, sino mediante informes al respecto, los cuales son preceptivos para el trámite de establecer el reformado económico que ahora precisa la obra.
Es también un asunto que precisará debate político, entendido éste como presteza en las comparecencias de los repúblicos del Principado y agilidad en los interrogatorios de la oposición. No obstante, esto último se antoja difícil, dada la anómala oposición política de la que disfruta esta región, con un Partido Popular al que le pasan todas las crisis entre las piernas. Si en menudencias -comparadas con la magnitud de la cuestión muselera- como la de la campaña propagandística «Construyendo Asturias» todavía estamos esperando la minuciosa investigación que prometieron los populares, en este asunto del deslizamiento portuario nos vemos abocados a la indigencia opositora, pues no es pequeña la maraña de normas legales, ni sencillo el estudio de componentes técnicas, que rodean la cuestión.
A todo esto, a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, lo que suceda en el puerto de este finisterre cantábrico debe de sonarle ahora mismo como una melodía lejanísima. Si a su cuello se ciñe la soga de una hipotética dimisión -improbable todavía-, está sucediendo por la larga marcha de la alta velocidad ferroviaria hacia Barcelona y por ese caos previo al deseo de José Luis Rodríguez Zapatero de inaugurar varios trayectos de AVE antes de ponerse a comer los turrones navideños.
Por lo demás, la actualidad portuaria no se detiene, aunque sea también bajo forma de revés. El concurso para crear la primera autopista del mar entre el norte de España y las costas francesas cierra hoy la aceptación de propuestas y todo indica que Gijón no será punto de paso de la nueva vía marítima. Hay que advertir, no obstante, que la creación de autopistas del mar no corresponde a la promoción pública, es decir, a los gestores de nuestra Autoridad Portuaria, sino a la iniciativa privada.
No es, por tanto, un fallo de los rectores museleros, sino una ausencia de empresas interesadas en meterse en el tendido de una ruta fija que creíamos iba a ser altamente financiada por la Unión Europea, pero que, a la postre, ha solicitado condiciones demasiado exigentes como para que los patronos se echaran al mar de Gijón.
