Un Allen sin Woody, de Juan Torre en Los Blogs de La Vanguardia
Con contadas excepciones, la acogida crítica de la última película de Woody Allen ha sido, como poco, tibia. Para muchos de los que ya suspendieron la reivindicable Scoop, El sueño de Casandra no hace más que confirmar el (presunto) marasmo creativo en el que se haya sumido desde hace años el cineasta neoyorquino. Afirmación harto discutible si recordamos que en 2005 firmó un trabajo de la talla de Match Point, aplaudido sin reservas y canonizado como obra maestra dentro de una filmografía deslumbrante, en la que, claro está, hay altibajos entre sus casi cuarenta títulos.
Quizá genera rechazo que se trate de una cinta muy poco alleniana. Desde luego, lleva más lejos que la protagonizada por Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson la difuminación de las marcas autorales de su director. Allen decide someterse a las reglas de un código establecido; emplea recursos del thriller, del género policíaco y del cine negro sin llevarlos a su terreno. Nada que ver, pues, con Misterioso asesinato en Manhattan. Incluso por vez primera en su carrera, el diletante clarinetista de jazz recurre a una banda sonora original, a cargo de Philip Glass ( Diario de un escándalo, Las horas).
El sueño de Casandra es una tragedia sórdida, sin espacio para el humor (ya reducido en Match Point), donde la cámara evita la luminosidad de la ciudad de postal del primer rodaje londinense. Allí, los personajes, como de costumbre, aún se desenvolvían en ambientes propios de las clases educadas. Ahora, la ciudad es anónima y gris, y el ojo sigue las cuitas de un par de hermanos de extracción humilde, interpretados por un versátil Ewan McGregor (Ian) y Colin Farrell (Terry), que sorprende gratamente en su papel de contrito depresivo.
Bonachón y corto de miras, Terry anda siempre en el filo de la navaja por deudas de juego. Ian es ambicioso, con delirios de grandeza y próximo al Rhys Meyers émulo de Raskolnikov. Incapaz de triunfar con sus negocios, trabaja a regañadientes en el restaurante del padre, un infeliz empequeñecido por el éxito de su cuñado. Precisamente, la irrupción de tío Howard (mayestático Tom Wilkinson como comprador de almas) desencadena los acontecimientos. En una secuencia cargada de simbolismo en la que tío y sobrinos se resguardan de la lluvia bajo la copa de un árbol, aquel apela a los lazos familiares, como si de un Corleone se tratara, para que maten a un ex socio que puede mandarlo a la cárcel.
En este punto la historia adquiere una gravedad y un dramatismo irreversibles. El miedo y el afán de progreso social empujan a Ian y Terry al autoengaño: se convencen de que en su situación ya no es posible elegir el bien en lugar del mal. A partir de ese momento no hay vuelta atrás, y, aunque entonces ni lo sospechen, el destino de ambos se vuelve inexorable. Al tema del arribismo sin escrúpulos también tratado —y recompensado— en Match Point, se confronta aquí el peso de la culpa y el remordimiento. El contraste radical de las consecuencias que el crimen acarrea a cada hermano prepara el camino para un final de tragedia griega: abrupto y funesto. La referencia clásica del título no es gratuita.
Las expectativas que despierta la contribución anual de Woody Allen al enaltecimiento del séptimo arte son el peor aliado de este más que notable filme. Lo mejor que puede hacerse para su mayor disfrute es olvidar quién lo ha escrito y dirigido. Él no pretende recordárnoslo.
FICHA
El sueño de Casandra (Cassandra's Dream), 2007. Director: Woody Allen. Guión: Woody Allen. Intérpretes: Ewan McGregor, Colin Farrell, Tom Wilkinson, Hayley Atwell, Sally Hawkins, Andrew Howard, Tamzin Outhwaite, Mark Umbers. Nacionalidad: EE.UU, Reino Unido. Fotografía: Vilmos Zsigmond. Montaje: Alisa Lepselter. Música: Philip Glass. Duración: 108 minutos.
