LA TERRAZA

Buenos días. Son las ocho de la mañana del sábado, 3 de noviembre, y les escribo esta postal desde la habitación 664, chiquita y bonita, del hotel Lutetia de París. Estoy en París para asistir esta tarde, en el Palais des Congrès, al recital de Charles Aznavour, mi amigo Charles, que, a los 83 años y 65 de ellos cantando, se despide de los escenarios.

Hice el viaje a París el jueves en tren. Salí de la estación de França con el talgo de las 8.45 y llegué a Montpellier a las 13.16. Me fui a la Brasserie de la Gare, me zampé un rico pot au feu con una botella de Château de Termes, un Saint-Estèphe del 2001 que sabía a gloria; me tomé un cafetito, me fumé mi purito, y a las 15.35 me subí al TGV que me dejó en la estación de Lyon, en el centro de París, a las 19.07. Total, que tardé casi cinco horas en llegar a Montpellier y menos de cuatro en llegar a París. Eso del TGV es un gran invento, digan lo que digan.

No más llegar al hotel, después de deshacer la maleta y ponerme guapo, me fui al Select, a saludar a mi amigo Mickey, el gato del local, un bar restaurante del bulevar Montparnasse. No lo vi por ninguna parte. Pregunté por él a un camarero y éste me dijo que se había muerto. "Nos lo hemos comido", me dijo. Me quedé la mar de triste: Mickey era un gato muy viejo, tenía más de 15 años, y era un animal encantador. Pedí un Jameson en la barra (11 euros, una barbaridad, pero 7 menos que en el bar del Lutetia, un escándalo) y me puse a recordar cómo de encantador era Mickey, cuando de repente el gato saltó a la barra y vino a saludarme. ¡No se había muerto, no se lo habían comido! Era la típica bromita que el camarero, que no me conocía, hacía a los turistas.

El viernes era el día de los difuntos y como el cementerio de Montparnasse está muy cerca del Lutetia decidí acercarme. Allí hay enterrada gente a la que aprecio mucho, como el escritor Joseph Kessel, el poeta César Vallejo, la actriz Delphine Seyrig, el amigo Henry Langlois, el fundador de la cinemateca de Francia; el capitán Albert Dreyfus, el poeta Robert Desnos, el cantante Serge Gainsbourg, Julio Cortázar...; pero no tenía tiempo de visitar a todos ellos y, encima, con lo caro que sale el whiskey en París, tampoco me sobraba el dinero para llevarles unos crisantemos (entre 16 y 20 euros la maceta) a cada uno de ellos. Así que me decidí por llevarle un ramo de rosas rojas al más querido de todos, el poeta Baudelaire.

El pobre Charles Baudelaire, que falleció joven, a los 46 años, está enterrado en una tumba modesta, junto a su madre, la señora Caroline Archimbaut Dufays, y su padrastro, el general Jacques Aupick. En la inscripción que figura en la cruz de la tumba se lee, bajo el nombre del general el de son fills Charles Baudelaire. Con lo mucho que se querían padre e hijo. Imagino por un momento lo entretenida que debe ser esa tumba en ciertas tardes de invierno, cuando el hijo le exige a la madre 40 francos (de plata o de oro) para comprarse uno de aquellos chalecos de seda color fucsia o carmesí que tanto le gustaban al joven dandi, y el general, al oír la conversación, va y le da con un hueso en la calavera del joven poeta.

Por la tarde, antes de cenar, me fui al Harry´s Bar -Sank roo doe noo- a tomar una copa. La barra del Harry´s es una de las mejores de París. Es una barra alegre, al contrario de otras que son tristes y silenciosas. La gente se conoce, se abraza, se besa y se invitan los unos a los otros a una segunda o tercera ronda. Esa barra va a cambiar mucho a principios del próximo año. Esa y otras muchas barras: se va a prohibir fumar en bares, restaurantes, discotecas… Como en Italia (no digo como aquí, porque aquí no se aclara nadie: nos pasamos unos meses sin poder fumar en la barra del Bauma y ahora fuma todo quisque).

La inminente prohibición ha hecho que se dispare en París y en otras capitales de Francia la venta de parasols chauffants para las terrazas. Son las estufas en forma de sombrilla y las hay de todos los tipos y precios. En algunas terrazas ya hace tiempo que las hay y se está muy calentito, mientras uno se toma el café y la copa y se fuma su cigarro. Permanyer me dijo, el día que fuimos a almorzar con el alcalde, que en Barcelona estas estufas están prohibidas, al menos en ciertos distritos de la ciudad (las había en el Bracafé de Casp y un buen día desaparecieron; pero, sin embargo, siguen en la terraza del Sandor). Me parece una tontería. Italia está llena de ellas, y Barcelona es una ciudad mediterránea, de terrazas, donde la gente hace la vida en la calle. En fin, que aquí no hay quien se aclare. ¿Fumamos o no fumamos? ¿Fumamos en las barras en que se preparan huevos fritos? ¿Fumamos en las terrazas con estufa? Sabemos que el tabaco "mata", pero ¿qué daño puede hacernos una estufa? Con el calorcito que da. Que me lo cuenten a mí, que la noche del viernes estaba en la terraza de la Rotonde, con diez grados de temperatura, fumándome un Rey del Mundo y platicando con la estatua de Balzac.

P. S. En una librería de Saint-Germain-des-Près me he encontrado inesperadamente con mi padre. No con mi padre en carne y hueso, que el pobre lleva ya 46 años enterrado en Montjuïc, sino metido, con nocturnidad y alevosía, en una novela. La novela en cuestión es la traducción francesa -de Bernard Lesforgues y Marie Bohigas- de Incerta glòria, la famosa novela de Joan Sales, editada por Tinta Blava (Saint-Maurice-ès-Állier). En la página 237 sale mi padre presidiendo un concurso de belleza -"no se perdía ninguno", escribe el malvado de Sales- convocado por el gremio de charcuteros de la Boqueria. Y para que el lector francés sepa quién fue este señor, a pie de página figura una nota del traductor: "Josep Maria de Sagarra (Barcelona 1894-1961), dramaturgue, journaliste, romancier, traducteur, fut avant tout un poète extrémement populaire et un bon vivant devant L´Éternel - au point de passer les années de guerre civile en croisière, dans les iles du Pacifique". Menos mal que no dice que fuera un espía, como el pobre Josep Pla.

En el bar del Ritz han montado un curso (100 euros por persona) para los clientes que quieran aprender a prepararse un cóctel en casa, para ellos y para los amigos. Me parece una excelente idea que algún local debería poner en práctica en Barcelona.