Hay dos interrogantes que siempre vuelven cuando se trata de inmigración: ¿va a durar? y ¿cuál es el porvenir del inmigrante en el país de acogida? Antes de contestar, es necesario tener una idea clara sobre el hecho de emigrar y sobre lo que la sociedad de acogida provoca en la personalidad del inmigrante.
Primero, la inmigración es siempre un proceso individual. Significa que se trata de una decisión personal, cuyo objetivo, fundamentalmente, es cambiar de estatus social. Que sea para ayudar a la familia en el país de origen o para vivir mejor fuera de su país, siempre significa la voluntad imperiosa de conseguir recursos más importantes. Hay fundamentalmente dos tipos de inmigrantes: los que vienen para trabajar, ahorrar, mandar dinero para ayudar a la familia y preparar su retorno en el país de origen, y los que vienen para quedarse definitivamente. Pero la «economía» subjetiva, o sea, el nivel de conciencia, no es siempre claro en cuanto a esas dos posturas. Unos vienen para trabajar con la idea de volver a su país y finalmente se quedan, se casan, etcétera. Otros vienen para quedarse pero no se adaptan, y viven con la nostalgia del país de origen, a menudo influyendo sobre sus propios hijos. Para todos, la relación tanto con el país de origen como con el país de acogida no es obvia. La solución, en el caso de que haya una que sea satisfactoria, de esas contradicciones se encuentra en el devenir de la vida, en la obra ineludible del tiempo, pues el tiempo cambia todo.
Lo más peligroso en este terreno, bajo pretexto de respetar la «identidad» del inmigrante o de mantenerlo en situación de apartheid en la sociedad de acogida, es considerar al inmigrante como una persona que siempre va a quedarse aparte en la sociedad. Muchos de los militantes (siempre de muy buena fe) que defienden los derechos de los inmigrantes como «nueva minoría» se equivocan gravemente, porque consideran que la condición inmigrante es «eterna», sustancial y «diferente» del resto de los individuos en el colectivo social. Ahora bien, la inmigración no es una «minoría», porque no tiene características sociales permanentes (los inmigrantes aprovechan, al fin y al cabo, el proceso de movilidad social de todos), y menos aún, características culturales comunes (proceden de raíces culturales muy diferenciadas). La única cosa que pueden tener en común es que, en un momento de su vida, son inmigrantes.
La famosa «integración» de los inmigrantes es de hecho, y entre otras cosas, un proceso de desaparición del inmigrante como tal. Se trata para él de acceder a los medios profesionales, a los valores y a los usos de la sociedad de acogida para poder conseguir los recursos con el fin de cambiar su estatus social. Y, de hecho, el objetivo no confesado pero auténtico de toda política de integración es favorecer la «desaparición» del inmigrante como extranjero y su transformación en ciudadano, incluso en nacional, del país de acogida. Proceso cada vez más obvio en todos los países de inmigración, con el aumento de la inmigración familiar y, sobre todo, con el papel que juegan los hijos como factor de incitación de esa integración.
Este proceso favorece el surgimiento de problemas de identidad graves y a menudo sin soluciones satisfactorias para los inmigrantes. Primero, el objetivo natural de la sociedad de acogida es conseguir la asimilación de los inmigrantes a sus valores y usos. Pero esa asimilación de hecho genera un desdoblamiento identitario del inmigrante que ve la sociedad de acogida tanto tras sus propios valores de origen como tras las normas y valores de la sociedad de acogida. Cuanto más dura la situación de alejamiento del país de origen, menos dura esa doble mirada. Se trata de una «negociación» identitaria permanente. El acceso al idioma del país de origen es, en este caso, el mejor camino de integración y de identificación. Hay unos que abogan por «respetar» las identidades y los rasgos culturales de los inmigrantes. Es, efectivamente, necesario e incluso imprescindible, desde un punto de vista democrático. ¿Pero qué significa ese respeto cuando la condición del acceso a la ciudadanía implica automáticamente el adoptar las normas y los valores de la sociedad de acogida? Otros estigmatizan y culpabilizan a los inmigrantes por no querer adoptar inmediatamente los códigos de la sociedad receptora. ¿Pero no se dan cuenta de que es el mejor medio para provocar reacciones de rechazo y de repliegue identitario por parte del inmigrante? En España, estas cuestiones se plantean también dentro de un contexto de reproblematización identitaria de la propia sociedad española. La identidad se ha vuelto aquí un hecho político, y es, por supuesto, una desgracia, pues, como bien ha dicho el gran politólogo norteamericano Albert Hirsmann, la identidad, cuando se vuelve un asunto de competencia política entre los partidos, es «no-negociable» pues la demagogia extremista siempre gana en contra de la democracia tolerante.
Entre estos arrecifes, el camino pedagógico es estrecho: siempre hay que buscar el término medio, para no provocar reacciones de rechazo o de repliegue identitario del inmigrante. Siempre hay que respetar la dignidad de las personas, la cultura de los padres, la confesión de todos. Pero sin hacer de estos rasgos un lugar de «cierre» identitario del inmigrante. Porque su «origen» es su pasado, y su porvenir es volverse ciudadano a parte entera del país de acogida.

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