Así contestaba Hamlet a Polonio («¿Qué estáis leyendo, señor?»), en la obra homónima de Shakespeare. Siguiendo su ejemplo, Juan José Ibarretxe ha replicado la orden judicial de sentarse en el banquillo para responder de sus reuniones con Otegi alegando que es «una monstruosidad ser juzgado por hablar».
Diré, para que la cosa quede clara, que creo que tratar penalmente esas reuniones -en las que, para su vergüenza y la del PSE, participaron también Rodolfo Ares y Patxi López- no solo constituye una violación de la doctrina sentada por el Tribunal Supremo al respecto, sino un grave error: la política penal ha de ser siempre utilizada en un Estado de derecho de un modo restrictivo.
Ahora bien, una cosa es afirmar que ni Ares, ni López, ni Ibarretxe deberían sufrir la pena de banquillo (la única con la que serán, a la postre, castigados), y otra muy distinta sostener, como pretende el lendakari, que es monstruoso juzgar a alguien «por hablar».
Veamos: por hablar son jugadas a diario docenas de personas: las que, hablando, cometen un delito de injurias o calumnias; las que hablan entre sí para planear acciones punibles; o -y es solo otro ejemplo de los muchos que podríamos poner- las que utilizan la palabra con la finalidad de incitar a la realización de actividades criminales.
De hecho, todas las personas mencionadas no se limitan a hablar, sin más. Tampoco Ibarretxe y compañía, que lo hicieron con sujetos despreciables acusados de pertenecer a ETA (tanto que sus interlocutores están hoy en prisión por tal motivo) y violando de un modo flagrante una orden judicial que prohibía hacer política a la ilegalizada Batasuna.
Alguien podrá alegar que lo hicieron con indudable buena fe y con el loable objetivo de utilizar la supuesta tregua de ETA para acabar con las actividades terroristas. Si ese fuera el argumento, los propios implicados tendrían que reconocer, en coherencia, que se equivocaron de un modo radical, que fueron engañados, pese a que muchos les advertimos del engaño sin que nos hicieran caso alguno, y que con su acción, tan bien intencionada como de resultados desastrosos, contribuyeron a fortalecer la expectativa de un final negociado de ETA que es tanto como decir a fortalecer a una banda terrorista que tiene ahí su único objetivo.
Pero no han reconocido tal cosa ni Ares, ni López, ni Ibarretxe. Los dos primeros guardan silencio esperando que los electores olviden el fiasco. El lendakari, siempre más oportunista, pretende sacar tajada del asunto, alegando que, al ir contra él, se va contra los vascos. Es un argumento insostenible, salvo que Ibarretxe (lo que es más que probable) no considere vascos a quienes no le votan a él y a su partido.

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