En fechas tan señaladas resulta recurrente hablar de difuntos. Aunque casi nunca nos refiramos a una variante que atiende por muertos vivientes. La leyenda del vudú y la cinematografía, si es que así pueden catalogarse las filmaciones perpetradas por George Romero, nos han legado una imagen de los zombis de escasa plasticidad: visten terriblemente, carecen del más mínimo apego al aseo personal, deambulan siempre despeinados y, lo que es peor, se someten a una dieta antropófaga. Encima, carecen de voluntad, ya que su alma está poseída por el diabólico brujo de turno. Lo más fascinante del caso es que si no acaban devorando a sus víctimas, un simple mordisco las transmuta. Un sexto sentido nos dice que hay muchos zombis disfrazados de vivillos. Caminan entre nosotros y algunos incluso salen en televisión. Sin ir más lejos, la sentencia por la matanza del 11-M debería convertirse en un panteón judicial para muchos de ellos. Pero no. El miércoles vimos cómo unos islamistas vivales reían en su jaula de cristal instantes antes de ser condenados a una pena eterna: hasta 40.000 años de prisión. Ellos son, sin saberlo, unos zombis, pues sólo con esa condición se pueden soportar 400 siglos entre rejas, Código Penal al margen y con permiso de la longeva almeja islandesa. Pero el fallo de la Audiencia Nacional también debería permitir dar santa sepultura electoral a políticos amortajados que llevan casi cuatro años errando sin rumbo aparente. Unos deambulan como ex ministros vivientes: otros parecen ánimas cofrades de aparatos partidistas en vías de extinción. Todos intentan mordernos, pero no pueden. No conocen el secreto: vemos muertos y ellos no saben que lo están. Quizás sean simples fantasmas.
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