Siempre que estuve a punto de descubrir en qué consistía la erótica del poder, paso algo que me borró las huellas, teniendo que volver a empezar. Por ejemplo, uno en su ignorancia cree que un presidente de gobierno, o de una comunidad autónoma, manda mucho y no es así. Felipe González lo decía en un debate televisivo de hace unos días, hablando de su vida privada. No podía salir de casa, a tomarse unas copas o a comer unas migas con torreznos de tocino de Guijuelo con Carlos Solchaga, en una tasca de Cuatro Caminos o de la Arganzuela, porque lo que es imposible no puede ser de ninguna manera. No podía irse a una playa del litoral solar hispánico o a un partido de fútbol en la grada -mucho más fascinante que ir al palco con el constructor de turno- porque se exponía a recibir más insultos que el árbitro o más abrazos que Raúl. Ni asistir a las comidas de antiguos alumnos de la promoción de Derecho de Sevilla, porque si se producían conversaciones de política, de economía o de religión, él no podía en modo alguno expresar su opinión con libertad.

O sea, únicamente tenía poder para trabajar como una acémila, para presidir los consejos de ministros, para dar ruedas de prensa y para leer todos los días la sarta de improperios que la derecha le dedicaba por el GAL, por lo de Roldán, y por otros muchos asuntos que no pareció controlar como se supone que tendría que haber hecho un hombre con verdadero poder, con el poder de un dictador en ejercicio, como lo era Franco, como lo era Salazar, como lo era Stalin, Hitler, Himmler y toda la siniestra galería de constelaciones dictatoriales que convirtieron el siglo XX en el siglo más ignominioso de la historia de la humanidad.

El fallecido rector de la universidad de Oviedo Santiago Gascón me dijo un día que le gustaría mandar todo lo que la gente, sobre todo la gente universitaria, pensaba que él mandaba, porque en realidad mandaba bastante poco. Se pasaba todo el día firmando papeles, comiendo con gente a la que no conocía y escuchando los problemas de los directores de departamentos y, muchas veces, de profesores que iban a pedirle todo tipo de cosas, sobre las que él, en muchos casos, no tenía la menor jurisdicción

HABLANDO hace unos días con el alcalde de Laviana, un hombre cercano, limpio y abierto a los problemas de su municipio, de lo que era el poder municipal, me dijo que no sabía lo que era mandar y que en su corporación el mando estaba tan repartido como los décimos de la lotería navideña. Y a cambio había tenido que dejar la bicicleta, con la que hacía cincuenta o sesenta kilómetros casi todos los días, porque era imposible hacer un recorrido sin que lo pararan los vecinos para invitarle a una botella de sidra o para reclamarle el arreglo de un camino vecinal.

Pero no solo el mando ha entrado en crisis entre aquellos que podrían ostentarlo con toda legitimidad, sino entre los que no lo ocupan ni tienen la menor intención de ocuparlo en el futuro.

Un amigo mío que siempre se movió en la política como independiente, me dijo el otro día que empezaba a querer mandar un poco; ante la cara de sorpresa que puse, conociendo su absoluta falta de ambición de poder, me respondió que en realidad quería mandar para que un vecino suyo no pudiera hacerlo en la comunidad de vecinos de su inmueble. Que estaba harto de que los que tenían un pequeño poder (proceder a la apertura de la temporada de la calefacción central, cambiar unas luces de la escalera, diseñar unos nuevos buzones que sustituyeran a los de hojalata que ofrecían una visión lamentable a los visitantes, etc), que los que tenían un pequeño poder, repito, lo ejercieran con una falta de transparencia y flexibilidad lamentables. Mi amigo va a presentarse a las próximas elecciones en su comunidad vecinal y quiere hacer una presidencia colegiada en la que estén representados los pisos y haya una igualdad de cuota entre mujeres, hombres, ancianos y niños. Yo creo que va a ser un clamoroso desastre, pero en fin, allá él y sus transparencias.

EN REALIDAD la historia del mando siempre ha sido el relato oscuro de lo innombrable. En la época de Franco, ni siquiera los que mandaban se atrevían a decirlo claramente. "Vengo a este gobierno civil con espíritu de servicio a los asturianos", "vengo a servir y no a servirme", "yo solo soy un modesto servidor del Estado", decían con una cara que denotaba modestia y resignación, ante las graves ocupaciones que España había querido que reposaran ante sus leales espaldas, curtidas en el espíritu sindical y en el amor a la bandera. Parecían representantes no de la democracia orgánica sino del servicio doméstico.

A mi lo cierto es que me gustaría mandar algo, a ver cómo es. Sobre todo para estar cerca de los que dicen que no mandan nada, para ver si es verdad o es solo una estrategia para sentirse queridos por los mandados. No sería mala idea hacer unas semanas del poder, un congreso sobre el mando, para debatir este curioso tema de los que aseguran que no mandan pudiendo mandar. Así que todo este oscuro asunto parece remitir, más que a la erótica del poder, a la lírica de la ordenanza. La vida está llena de misterios como éste. Mando acabar y acabo.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.