Esta vez tienen razón los dos. La tiene Núñez Feijoo, al darse cuenta de que la espiral de acusaciones realizada sobre la adjudicación de la autovía del Barbanza a Sacyr no tenía más salida que una querella criminal. Y la tiene el presidente Pérez Touriño, al replicar que, dado el estado de cosas al que se había llegado, con acusaciones mutuas de corrupción y calumnia, la entrada del asunto en el juzgado puede suponer un alivio, muy necesario, para el debate político.
Sin darse cuenta, y debido sin duda a la decisión de Touriño de asumir un cuerpo a cuerpo con Núñez Feijoo que bien podía haber delegado en la conselleira competente, los dos líderes se vieron metidos de hoz y coz en el famoso juego del gallina -game of chicken-, en términos muy parecidos a los que refleja la película Rebelde sin causa, cuando James Dean y Sal Mineo se dirigen a toda velocidad hacia el barranco. Ninguno podía sacar ventaja del juego, pero los dos estaban incapacitados para abandonar la carrera sin merma de su honor y sin defraudar a sus respectivas parroquias. Y por eso parece justo que intervenga el juez para salvar a uno y hundir al otro, en un proceso judicial que ya no debiera resolverse -como casi siempre sucede- con un sonoro tongo.
Doy por supuesto que Alberto Núñez Feijoo estudió muy bien la jugada. Porque después de tanto follón, y tras anunciar el recurso al juzgado, es evidente que ya no vale salirse por la tangente con fórmulas tan ambiguas como dar tanto al fiscal o presentar una denuncia. Su actitud conduce a una querella con acusación cierta y mantenida y con asunción de la carga de prueba. Porque cualquier otra salida sería como frenar el coche y perder ostensiblemente el «juego del gallina». Su riesgo más grave es haber montado este rebumbio para nada, o no haber medido con cautela el paso que se acaba de anunciar.
Y también doy por sentado que Pérez Touriño se informó bien, no sólo de los hechos de fondo, sino de la observancia de los trámites y el procedimiento de modificación de la resolución de la mesa de contratación antes de asumir la responsabilidad política del asunto. Porque si fuese verdad que todo esto fue una chapuza, y que hubo un quid pro quo que explica la milagrosa resolución de los peajes de Rande, estaríamos ante un grave caso de chalaneo al más alto nivel institucional.
Lo único que nos queda ahora a los ciudadanos es hacer caso del «silencio, se rueda», y vigilar que en este peligroso juego no se haga ni trampa ni tongo. Porque, aunque se dice -de forma equivocada- que no hay precedentes para esto, todo indica que va a haber consecuentes. Porque algo habrá que hacer para deshacer el creciente embrollo de la Cidade da Cultura.

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