AQUI NO HAY PLAYA
Hay ciudades construidas a golpe de rascacielos, ciudades que se miden a lo alto y otras ciudades definidas por extensiones horizontales como el mar o el desierto. Ciudades famosas por sus mendigos o por sus millonarios. Orgullosas de sus barrios chinos o de un barrio francés como Nueva Orleáns. Madrid es una ciudad hecha de música, su grandeza es unir las músicas de uno y otro lado del charco. La Movida de la que tanto se ha hablado fue sólo la punta de un iceberg de un Madrid que sonaba en directo, donde en cada esquina se formaba un nuevo grupo musical. En Madrid no se escucha el silencio pero se escuchan a menudo cosas bastante más interesantes. La música en vivo es una de las señas de identidad de Madrid, amenazada y auténtica como cualquier seña de identidad verdadera.
Una identidad sustentada en unos pocos locales que son instituciones. A menudo heroicas, a menudo luchando contra viento y marea contra la especulación inmobiliaria y la entrada del euro. Este martes se celebran los veinticinco años de la Sala Clamores. Clamores fue pionera en Madrid. Empezó como sala de jazz en un Madrid en que el jazz era música de ambiente para intentar camelar a la chica que te gustaba con palabras ardientes y manos frías. Música para oír sin escuchar por mucho que disgustase eso a los grandes músicos. Quedaba muy bien decir que te gustaba el jazz pero casi nadie lo había oído en vivo. En los años 60 sólo podía oírse en los vestíbulos de los hoteles de lujo pero en los 80 la Sala Clamores puso el lujo de amar el jazz al alcance de los oídos vírgenes de aquel entonces.
Ya había habido intentos como el del Whisky Jazz Club y otros que permanecen como el Café Manuela, pero Clamores fue la sala donde aprendimos a amar el jazz y a disfrutarlo. Bajo el mecenazgo del gran Germán que ayudaba por igual a los vendedores ambulantes y a los grandes músicos con una generosidad que sólo puede contarse en un solo de trompeta. Por allí pasaron todos. Tete Montoliú tuvo noches memorables. Vladi Vas, Pedro Iturralde y la Canal Street Band tejieron un río subterráneo por el que el Manzanares conectaba con el Missisipi y todos sentimos que ir al Clamores era viajar saliendo de casa pero sin salir de Madrid. Clamores ha editado un disco-libro conmemorativo con la colaboración de prestigiosos críticos musicales para contarnos la historia de nuestras orejas y cómo se convirtieron en oídos. Clamores ha sido el oído de la ciudad. Después del jazz se convirtió en emblema de músicas y músicos. Es allí donde hemos escuchado las mejores noches de Antonio Vega y donde algunos amigos se transformaron en personas mejores. Lugares como Clamores y la Sala Galileo son el sonido de Madrid, lugares que nos hacen sentirnos felices de vivir en esta ciudad y de que Madrid suene como suena.
© Mundinteractivos, S.A.

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