En el Pentateuco, el conjunto más fascinante de libros contenidos en la Biblia, figura el Levítico, inmerso en su inquietante y acaso maléfica soledad ritual. Donde, desde luego, es regulado el ya mítico sacrificio del Chivo Expiatorio. En sus dos formas establecidas. Una, en la que se "degollará el macho cabrío", con lo que se logrará purificar el santuario de los "delitos y pecados" de los judíos. Cuando en la otra, se echa el cabrón al desierto, donde "se llevará consigo a la región baldía todas las iniquidades de los israelitas", según el sagrado texto.
O sea, que con el Levítico estamos hablando también de la ministra Magdalena Álvarez, a la que la oposición al socialismo y la ciudadanía catalana en pie consideran el mayor chivo, o si se quiere cabra, expiatorios de España, y a la que quisieran ver políticamente muy degollada o perdida para… ¿para qué? Pues no se sabe muy bien, salvo si es para, castigándola, intentar exorcizar los unos sus infinitas culpas por dejar que el desastre ferroviario catalán se desarrollara, y los otros por no atreverse a plantar cara al Gobierno, o al sucesivo Govern, y al universo empresarial que les rodea. Todos habiendo permitido y permitiendo aún que todo vaya tan rematadamente mal.
Y si Rodríguez Zapatero cumple con su obligación responsabilizándose de esa inconcebible - en el espacio terráqueo occidental- hecatombe de la vida cotidiana, en cambio no se le puede cargar su culpabilidad, porque la cosa viene de lejos. Que es igualmente lo que pasa con Álvarez. Aunque esto no les exime de tener que arreglar el asunto, pues para eso cobran, aunque tampoco se sepa que exactamente lo estén haciendo. Máxime con Álvarez, quien prometió hace tiempo que el AVE llegaría antes a Málaga que a Barcelona, porque se presenta allí como candidata del PSOE en cualquier elección. Y Zapatero fue prometiendo a Catalunya el oro y ningún moro sin, al parecer, tener idea de lo mal que estaba y se hace todo.
Chivos absolutos ambos no, pues, pero sí chivitos, de esos que van triscando por ahí. Aunque maldita la gracia, pues de pronto se empinan ante un olivo y se comen su follaje. Que para Álvarez y Zapatero son trenes enteros, lo que ni el Pentateuco pudo imaginar. Pero, en fin, vamos a por ellos, no obstante sin olvidar que la nación israelí con los chivos esos no evitó que la arrasaran sin remisión Nabucodonosor, los seléucidas, los persas, los romanos. Como está ocurriendo a nuestros trenes.
Mientras, gozamos nuestra felicidad última mayor: saber que el conseller de la Generalitat correspondiente a la ministra, Joaquim Nadal, ya ni se habla con ella. ¡Qué bravos somos, enmudecidos en la plaza Sant Jaume! O sea, lo contrario de cuanto debiéramos hacer, comentar la jugada, discutir ante una mesa con los políticos y técnicos que nos fulminan, practicar el toma y daca. Sin lo cual no se ve que pueda arreglarse nada, cuando lo que necesitamos son trenes y no chivos.

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