TRANSBORDO, MONCLOA

Va a resultar verdad, casi medio siglo después: España es diferente. Ayer, sin ir más lejos, la mayor parte de la prensa europea sacaba a sus primeras páginas el horripilante precio del petróleo. Aquí, ni los diarios económicos. Sólo La Vanguardia mostraba sensibilidad ante una escalada que puede desbaratar planes y cuentas del gobierno más pesimista. Hay que entenderlo: estamos en otras guerras. España es víctima de una alquimia política que consiste en el intento constante, obsesivo y a veces indecente de convertir en oro de votos todo el plomo que se mueve. Y el que no se mueve, como los trenes de Barcelona.

¿Qué está pasando, por ejemplo, con la sentencia del 11-M? Que no se mide como acto de justicia, sino de razón de partido. Como acto de justicia, no hay un reproche al texto, ni al tribunal, ni al ponente. Ni uno. Pero, como razón de partido, empieza a superar en provocaciones a los penosos acontecimientos de la jornada de reflexión y a los instantes más críticos de la conspiración. Estamos en un momento que resultaría increíble si no lo viviésemos en directo: elogiar la sentencia es identificarse con Zapatero; buscarle derivadas de vacíos es jugar a favor del PP. No es fácil recordar un fenómeno tan masivo de manipulación.

Y no es fácil distinguir quién es el bueno y el malo. Es cierto que Rajoy abrió fuego al prometer apoyo a "cualquier otra investigación" y dejar en el aire una amarga sensación de insuficiencia; pero también es verdad que las respuestas del Gobierno (Alfredo Pérez-Rubalcaba) y del PSOE (José Blanco) han sido de una dureza desproporcionada y poco lógica en quienes, como poder, tienen la obligación de serenar el ambiente. Lo único que explica la virulencia es que los socialistas quieren llegar a las elecciones con el clima sociológico que los llevó al Gobierno en el 2004, y tratan de acorralar a Rajoy en la trinchera de la conspiración. O de la mentira, con el recuerdo subliminal del "necesitamos un gobierno que no nos mienta".

Como estrategia política, es astuta. Y provocadora. Tiene el atractivo de esa inteligente maldad que se atribuye al ministro del Interior. Como servicio al país, me temo que sea una forma de abrir nuevas fisuras en un país que se agrieta en memorias históricas y otras formas de jugar con la concordia. Y, mirando al PP, algún esquema mental falla cuando un difuso concepto de verdad histórica sirve para limitar o anular la clara evidencia de la verdad judicial. Con todo eso se está jugando con el único fin de proclamar la razón de partido.

En estas condiciones, la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla se convierte en un alivio. Al fin tenemos una noticia que no produce divisiones y pasa a segundo plano la gresca política. Se dice mucho que Marruecos exagera sus protestas para desviar la atención de otros problemas internos. Seamos sinceros: en España no se busca ese objetivo, pero el viaje va a cumplir la misma función.

Distancia calculada

Hay un matrimonio en crisis: el que unió a Zapatero y ERC. Se escenificó en el debate del miércoles. Joan Tardà no le dio ni un pequeño margen al presidente, y éste no mostró la menor consideración hacia Tardà. Rota también la unidad en la memoria histórica, los amores se reducen al tripartito. Y ojo al futuro: Esquerra puede no ser la mejor novia después de marzo. Hay encuestas con un cruel vaticinio: puede perder su grupo parlamentario.

Como una novela

Si esto fuese EE. UU. la sentencia del 11-M ya estaría en las librerías. Aquí sólo se puede leer en internet. No se imprimirá mucho. Son 600 folios. Si no tienen mejor entretenimiento para lo que queda de puente, intenten leerla. Como documento jurídico, es magnífico. Como pieza literaria, está muy bien construida. Y la narración tiene la fuerza de una novela. Lo triste es que lo que cuenta ocurrió de verdad.

Seguridad

Más vale prevenir que lamentar, es la consigna del Ministerio del Interior. Las medidas de seguridad que adoptó ante la sentencia del 11-M han sido tan severas, que a Pilar Manjón le aconsejaron no dormir en casa y no hacerse visible los días posteriores. No parece que Pilar haya obedecido. Peregrinó por todas las televisiones. Lo que no tengo claro es a quién se temía: a los islamistas o a los españoles que la insultan en alguna manifestación.