La guerra no cesa. Cada día se añade una agresión a las anteriores, como la de Turquía contra los kurdos; y nuevas amenazas, como la de un ataque quirúrgico de EE. UU. contra Irán. El belicismo enaltece la guerra como una heroicidad en nombre del patriotismo, obviando que esta glorificación se produce con la matanza del prójimo, y omitiendo además otros costes humanos. Cada guerra ha ido introduciendo nuevas tecnologías y nuevas formas de crueldad, de manera que tanto los civiles como los soldados que sobreviven padecen heridas más y más terribles. Ala Primera Guerra Mundial le correspondió el deshonor de introducir las minas antipersonal, que explotan al pisarlas y arrancan extremidades cuando no la vida.

Más allá de la pérdida de brazos y piernas hay otras heridas, ocultas, que desmoronan por completo la exaltación de la lucha armada. Por ejemplo, las lesiones en los genitales masculinos, auténtica lacra para muchos de los supervivientes. Para la autoestima de los hombres, la pérdida de capacidad sexual equivale a la infertilidad femenina, esta que hasta hace poco provocaba dramas al estilo de la Yerma de García Lorca. Hoy, la mayor parte de las mujeres ya no basan su autoestima en la facultad reproductora, pero éste es un paso que los hombres aún no han dado. Por eso, lo que se vende como un enaltecimiento de la fuerza bruta se convierte a menudo en una tragedia, como bien ha ilustrado el filme de Oliver Stone Nacido el 4 de julio,sobre la guerra de Vietnam.

Son costes corporales enormes, junto a los psicológicos y morales, de los que se oculta información, incluida la que atañe a la sociedad civil. ¿Qué sabemos de los padecimientos cotidianos de afganos e iraquíes, para citar dos conflictos bélicos entre otros muchos? Se calculan los muertos, pero no se describe el sufrimiento de los vivos. Tras el cinismo de la intervención llamada Libertad iraquí,los cadáveres se cuentan por millares, pero de los heridos poco sabemos, y de las privaciones de la población aún menos. Tras el epígrafe de Libertad duradera,el ataque a Afganistán en el 2001 está dejando también miles de muertos y heridos. Al desastre de no haber llevado la libertad en ningún caso sino la tragedia, se añade el reciente ofrecimiento afgano de que los talibanes entren en el gobierno. Para tan cruel viaje, menos alforjas. ¿Hasta cuándo habrá soldados que quieran ser a la vez colaboradores y víctimas del engaño?

E. SOLÉ, socióloga y escritora.