EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 62

No sé qué oye mi vecino pero algo oye. Todas las noches, a la hora de acostarme, reclino mi cabeza sobre la almohada y lo que escucho es el murmullo de una radio incesante al otro lado del tabique, un palabreo sin fin. No sé si es la Ser o la Cope. Por mucho que afine el oído no llego a saber de qué habla la radio del vecino, pero habla sin parar.

A veces oigo la voz de una mujer indignada, por lo que supongo que mi vecino estará casado. La mujer dice frases cortas, que enseguida son sepultadas por la voz del locutor que se oye de repente más alta. Los imagino a los dos en una guerra sorda, con las cabezas apoyadas en una almohada contigua a la mía, tabique por medio. Dos cabezas contra una. Una radio contra dos. Imagino a la mujer de mi vecino tan harta como yo y eso me alivia un poco. En una callada y estoica resistencia, pienso que somos una mayoría silenciosa intentando dormir mientras el tío se alía con el fantasma de la radio.

Pero mi alma femenina se ve herida de pronto por la terrible soledad del pobre hombre. Ni su mujer, en aras de la paz conyugal, ni yo, en aras de la paz vecinal, somos nadie para desenchufarle del locutor. No sería muy de recibo que yo empezara a aporrear la pared, sencillamente porque nadie tiene la culpa de que esta ciudad esté construida con tabiques de papel. Es como si un abejorro se hubiera colado en tu habitación, o un mosquito en tu oído, y no vale de nada encender la luz y aplastarlo: está del otro lado.

Me recuerda a un cuento inolvidable de Agustín Cerezales en el que un hombre se enamora de su vecina a través de los ruidos de la ducha, aunque en este caso lo que me dan ganas es de matarlo. A continuación me invade un pensamiento más racional: el vecino no va a durar mucho. Lo sé por su timbre de voz. Cualquier día la palma, me queda poco para escucharle su programa. Déjale que se relaje, me digo. Y lo que no consigue la razón lo consigue la piedad. ¿Pero de quién me apiado yo?

Para contrarrestrar los efectos de esa piedad tan corrosiva como la ira, esa piedad que te pone un palmo por encima de la cabeza de tu vecino, o de tu marido, intento olvidarme del abejorro y me dirijo directamente a Dios. Oh, Señor, le digo, que no se muera nunca ese pobre hombre por culpa de mis malos pensamientos, que dure muchos años con salud y que siga oyendo la radio eternamente, que lo traten muy bien en el ambulatorio de la Seguridad Social, que nada perturbe su sueño mientras el mío se resquebraja para siempre por ese maldito zumbido que no sé si es de la Ser o la Cope, con ese espantoso zunzuneo que tú has querido poner entre nosotros para que algo aprenda yo de este mundo, de las cosas que le mandas a esta pobre pecadora, niños que levantar a las siete de la mañana, naranjas que exprimir, casa que recoger, artículo que entregar, avión que tomar... que dure mucho este hombre, Señor, y que dure el locutor, y larga vida a los constructores de este país que tanta riqueza crean y tan poco gastan en tabiques. Y a los políticos que se lo permiten.

Que todos duerman felices esta noche mientras tú y yo hablamos así, tiernamente, como marido y mujer reencontrados, gracias a la radio, gracias al vecino.

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