Creo que es una cuestión de humanidad. Ayer recorrí el perímetro fronterizo de la ciudad autónoma de Melilla porque desde una organización en defensa de los derechos humanos local me habían comentado que las reformas de la valla, tras la crisis de los saltos masivos de septiembre y octubre de 2005, eran terribles.

Y lo son. No sólo se trata de una valla de 6 metros de altura coronada por un bucle de pinchos además de un añadido a la valla en forma de "L" para que los inmigrantes que osen llegar hasta arriba tengan que hacer equilibrio al superarla, sino porque además en el espacio de entrevallas que antes vigilaban los servicios de seguridad españoles, ahora hay un entramado de cables, una sirga, que para en seco la caída de los que no logren saltar de una valla a la otra produciendo profundos cortes en el abdomen o en las extremidades sobre las que se produce el impacto.

Dejando al margen la discusión sobre las políticas migratorias de la Unión Europea o del Gobierno socialista español, las deficiencias o aciertos en sus iniciativas oficiales, la valla que separa en la actualidad Melilla de Marruecos es una trampa mortal a la desesperación de los miles de inmigrantes que buscan una vida digna en Europa.

Los militares marroquíes han construido puestos de vigilancia permanente cada 50 metros e instalado campamentos que inicialmente eran provisionales pero que al haber adoptado la postura de "gendarmes de Europa" a cambio de las subvenciones económicas de la Unión Europea y del posible trato de favor ante un acuerdo más avanzado que el de Asociación.

Recorro esa valla de "la vergüenza" como la califican activistas de derechos humanos que durante los últimos años han denunciado prácticas como "la caza del negro" en la ciudad autónoma, que consistía en la persecución por parte de la Guardia Civil y la Policía de inmigrantes que acababan de acceder al territorio español y antes de que declarasen en la comisaría su entrada ilegal en España para que comenzase el proceso de expulsión y su inmediato traslado al centro de estancia temporal de inmigrantes (CETI), les acosaban en las cercanías de los locales de la Policía para detenerles y expulsarles ilegalmente a Marruecos por una de las puertas del perímetro fronterizo.

Hay muy pocos inmigrantes en Melilla, apenas se les ve limpiando coches para sacarse unos euros, ni mendigando. La casi infranqueable valla de la que tan orgullosos se sienten algunos desalmados está cumpliendo su papel. Vecinos de Melilla me comentan angustiados que hay noches en las que oyen disparos del Ejército marroquí durante mucho rato: "Cuando hay movimiento en los bosques cercanos al perímetro los marroquíes disparan balas de fuego al aire, pero cuando localizan a alguno que ha osado enfrentarse a la temible e inhumana valla, tiran a matar". ¿Hay muertos? ¿Dónde están los cuerpos? No olvidemos que Marruecos hace el trabajo sucio y España mira hacia otro lado cuando no felicita al país magrebí por su colaboración en la lucha contra la inmigración clandestina. Lo importante es que lleguen menos, o mejor que no lleguen.

Pero Peter, un inmigrante de mediana edad, con un largo recorrido a sus espaldas, se enfrentó con un aplomo increíble, con una fuerza mental casi imposible de concebir, a la doble valla, a la sirga "inteligente" (como la calificó la vice presidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega cuando la anunció como solución a los saltos masivos de 2005). Sin guantes, ni zapatos, con la ropa destrozada escaló los seis metros, sorteó los pinchos y peligros de la caída entrevallas y se desplomó al otro lado, en España, cubierto de heridas, casi sin aliento. Lo logró, cruzó no hace mucho tiempo y auguró con la misma determinación con la que venció a la valla, a la persona que esta semana me lo ha contado en Melilla: "Algún día los africanos tirarán ese infierno, destrozarán la valla. Nada les va a frenar".