El jueves de la semana pasada salió de Singapur un Airbus A380 de las Singapore Airlines. Ocho horas más tarde aterrizó en Sydney. El avión llevaba a bordo casi quinientos pasajeros que habían pagado entre cuatrocientos euros (por un asiento) y setenta mil (por una de las doce suites de las que dispone el aparato). El vuelo se convierte en regular a partir de esta semana.
Viajar en avión metido en una cama es tan poco habitual que casi dan ganas de gastarse los euros que cuesta una suite de esas. Si en algunos viajes en tren nos ponemos el pijama y nos subimos a una litera (y en barco hacemos lo mismo en un camarote), pues para vuelos en avión suficientemente largos, nada mejor que meterse también en la cama. La cama facilita además la consecución de un reto del que hablan algunos viajeros: el de ingresar en el Club de la Milla de Altura. Como el lector seguramente sabrá, forman parte de ese club todos aquellos que han mantenido relaciones sexuales a más de una milla de distancia de tierra. Las películas de porno blando de los años setenta - tipo Emmanuelle-popularizaron esa práctica incluso entre las clases medias más aleladas. En aquella película el hecho tenía lugar - por ejemplo- en un lavabo, proeza manifiesta porque los lavabos de avión no son lugares espaciosos. Otra cosa son los asientos, que, aun siendo pequeños, pueden convertirse en lugares aceptables si levantas el brazo que separa dos de ellos. En un vuelo de muy larga distancia, cuando la noche hace que el ajetreo del personal de cabina se reduzca al mínimo y las luces se apaguen, cuesta poco acoplarse bajo una manta.
Con las doce suites con camas dobles del Airbus A380 las dificultades para ingresar en el Club de la Milla de Altura parecían destinadas a desaparecer, pero no es así. Leo en The Times que en el viaje inaugural - ese de la semana pasada- una norma dispuso que no haya relaciones sexuales a bordo. Dice uno de los gerifaltes de la compañía: "Si las parejas utilizan las camas para dedicarse a actividades inadecuadas, de forma educada les pediremos que paren. En un avión hay cosas aceptables y cosas inaceptables, y las reglas de comportamiento en nuestras camas son las mismas que se aplican en todo el avión".
En trenes y en barcos, si hay cama, la gente se libra al fornicio con una alegría que a veces no tendría en casa, por aquello de la rutina. ¿Y en las camas de las suites de los A380 no va a poder? ¡Anda ya! ¿Cómo van a controlar a todos los pasajeros? ¿Situando una azafata o un azafato a la cabecera de cada cama? Menudo morbo. Será como volver a los años setenta, cuando, en muchas segundas residencias, si venían a dormir novietas de los hijos o novietes de las hijas, los padres vigilaban que no se acostasen juntos. Y esa vigilancia hacía que - a la que los padres bajaban la guardia y cerraban los ojos de cansancio- los jóvenes acabasen encamados con más vehemencia de la habitual.

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