Cuixart, artista e intelectual, vecino de Palafrugell durante cuatro décadas, amigo de Pla, del cual captó una manera de ser anárquica y demasiado popular al final de su vida. Nacido un 2 de noviembre, mañana hubiera cumplido 82 años. Era escorpión y le gustaba este imaginario ignoto y misterioso de los signos zodiacales, herencia de Juan Eduardo Cirlot. Poeta, ensayista, noctámbulo, vividor, trabajador constante, pintor meticuloso y perfeccionista hasta la extenuación. Enterraba los pinceles y rezaba a la luna. Hombre de una enorme complejidad neuronal.Con esta figura imprescindible en el panorama artístico catalán y español del siglo pasado tuve el gozo de establecer amistad.También propicié que colaborase mensualmente con un artículo desde el inicio de la revista Bonart, que fundé en noviembre de 1999 para cubrir la realidad artística en Cataluña. Siempre se mostró cordial y entusiasta, conquistador y culto, pese a tener un genio considerable, era tozudo al máximo -por ello fue contra la moda del Arte- y, a menudo, no trató a algunos colaboradores próximos como se merecían; cosas de los genios, que son humanos y diabólicos. Y mientras eso sucedía, las páginas de la revista sirvieron de confesionario de su particular visión de la vida, de las personas, de él y, como no, del Arte.

Como ensayista y poeta dominaba el léxico, los ritmos. Era un orador tenaz y deviene un referente del arte catalán y español.Un referente que aún no está bien situado dentro de las instituciones museísticas catalanas, aunque mejor en las españolas; a pesar de que dispone de una fundación, ésta aún no cumple con su cometido.Así pues, tenemos una deuda: situarlo en los grandes museos y situarlo como se merece.

Adoraba a la vez que le inquietaba la figura humana y, especialmente, la forma femenina. Tenía una pugna constante para intentar desvelar el trasfondo psicológico de la mujer; una empresa imposible que le servía de motor existencial para estudiar y reivindicar una belleza casi de lo feo, lo monstruoso. La belleza de la fuerza interior, de los ojos del espíritu, no de las pasarelas y la silicona. Era un emblema del barroco catalán y había cultivado el dibujo expresionista, el grabado metafísico, la pintura abstracta y representativa, el collage de Picasso, la cerámica de Miró, la escultura de Duchamp, las instalaciones e incluso el tapiz.Todo lo bañaba de poesía, de drama y tensión, era un primitivo de nueva generación, como le gustaba que le dijesen. Heredero de Cranach, Rembrandt y Goya, pero también amigo de las tripas de Bacon, los fantasmas de Anglada-Camarasa, las mujeres momificadas de Degas, las prostitutas de Schiele o los bajos relieves egipcios.Su época más fascinante fue, en los 60 y 70, junto a René Drouin y René Metràs. Era una obra donde combinaba la pintura informalista con muñecos diabólicos incrustados con un realismo metafísico de tendencia medieval. La pintura Venus Kebrada podría ser la cúspide de esta última época de esplendor total. Después, por falta de una buena dirección artística y de un carácter anárquico y noctámbulo de desbordado talento, demasiado a veces, terminó como narciso, ahogado en el mismo, aunque siempre viviendo al límite. Viviendo. Y así es como viajó en barco con el poeta Foix, como había fundado Dau al Set, un grupo que le marcó pero no tan significativamente como se cree. Había paseado y discutido con Tàpies, que era de su familia. Una rivalidad eterna, porque eran dos gallos en un gallinero. Ambos geniales, pero uno más cuidadoso con los temas del negocio que el otro. Ya para terminar una máxima: qui potes capere (quien quiera entender que entienda), porque su vida fue poliédrica e intensa, como su Arte, que ahora se prolonga con mayor fuerza en el tiempo.

Ricard Planas es editor/director de la revista Bonart y comisario de Modest Cuixart: Cirugía humana.

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