Cuando nos avergüenza ver la realidad de nuestra propia anatomía, cuando no nos complace, el problema está en nuestra mirada, no en la realidad. El escándalo está más en nosotros mismos que en lo que el libro nos enseña, porque no interesa ni oír hablar de ello. No hace mucho se arrancaban las hojas de los libros de texto para ocultar cualquier referencia a lo relacionado con el sexo. La vergüenza -y la represión- estaba en la mirada, no en la anatomía. Con el subtítulo de «Democracia, capitalismo y estado de derecho» Carlos y Pedro Fernández Liria y Luis Alegre lanzaron al aire «Educación para la Ciudadanía» causando gran consternación pero, por lo leído, es porque descubre las verguenzas que quisieran ocultar imitando al avestruz. Del contenido del libro se desprende que debiera ser el preludio de algo necesario y esclarecedor, pero la crítica «oficial» no opone argumentos y nada rebate; los detractores recurren a descalificar a los autores, pobre recurso es arremeter contra el mensajero. Y, es una pena, nos quedamos sin saber qué piensan y la razón de sus descalificaciones. «Educación para la Ciudadanía» ha resultado un escándalo para algunos por la sencilla razón de que es como una radiografía que enseña las interioridades, nuestros secretos que creíamos bien guardados -ocultos- a los ojos de nosotros mismos, de nuestros vecinos y del mundo entero. Como si de una violación de nuestra intimidad -que lo es, sin duda- pero sólo para quien tenga de qué avergonzarse o mucho que perder porque mucho gana manteniendo en las tinieblas las enseñanzas que el libro pretende airear. La lectura es tan fácil como sorprendente, pero las verdades cruciales resultan ser las más simples. La dificultad y el mérito de los autores está en elegir cuidadosamente los elementos que definen quién es un Ciudadano y cómo llega a serlo o no. Decir que es necesario un espacio vacío, donde no haya ni diosecillos ni reyezuelos, ni amos ni siervos, para que los ciudadanos puedan dialogar, argumentar y llegar a acuerdos que sirvan para todos independientemente de su origen o condición. El ciudadano necesita que este espacio vacío no sea suplantado por ningún trono o templo, necesita que esté vacío, disponible para todos pero sin ser propiedad de nadie, para que así sólo lo sea de los ciudadanos. Razón y libertad son lo mismo -van juntas- bajo distintos aspectos, son la fuente de la ley. Leyes que garantizan que cada uno pueda hacer lo que quiera siempre que eso resulte compatible con que todos los demás puedan también hacer eso mismo. En estas condiciones estaremos ante un ciudadano, ante un igual, ni más ni menos, ante las mismas leyes sin que importe ni dependa del origen o de la condición de nadie. A esto coincidiremos en llamarlo derecho, y así, una ciudad organizada de este modo, diremos que es una ciudad en estado de derecho. Ilustración, democracia, división de poderes, etcétera. Cuando la Ilustración pedía ciudadanos el capitalismo entrega asalariados. Ahora, además de templos y tronos, en vez de una asamblea de ciudadanos nos encontramos con un mercado en el centro de esa ciudad; en ese espacio vacío que es de todos se instala el mercado convirtiéndose en nuevo dios y rey, pero con más poder porque necesita crecer indefinidamente devorándolo todo, incluso a sí mismo, para acabar destruyéndose, de modo que lo que para los humanos es solución y abundancia se convierte en problema para el mercado. El capitalismo es incapaz de detener el proceso de consumo y de destrucción del ecosistema, camina inexorable hacia el agotamiento de los recursos. Democracia, parlamento, libertad, economía, elecciones, guerra, religión, política,... pocas cosas de las que nos afectan a diario quedan sin tocar en lo que se refiere a los argumentos necesarios para razonar y para vivir. Éste es el «peligro» del libro: descubre y enseña y por eso es repudiable, lo mismo que lo eran en tiempos del Evangelio los leprosos, no por su desgracia, sino porque creían que al dirigirles la mirada veían reflejadas -como en un espejo- sus propias miserias. Como desde un satélite, «Educación para la Ciudadanía» retrata el caos de la humanidad en la que cada día mueren trágicamente más personas que el día anterior y menos que mañana, explicando cómo y por qué. Mueren a manos de gobiernos con políticas económicas de guerras de rapiña y miseria para mantener un insaciable modelo neoliberal. El libro plantea el problema y las contradicciones a las que los demócratas no están dispuestos a entrar ¿Será que esta democracia no lo es? Ciertamente, pues sólo admite mensajeros cómplices y complacientes, pobre del que discrepe. Las tinieblas se resisten al contenido del libro, pero mucho más quienes las propician. Abolida la Ilustración y Sócrates asesinado de nuevo, también lo es el derecho, la razón y tener criterio a lo que califican como adoctrinamiento, hasta ahí ha llegado el poder neoliberal del mercado que quiere imponer su asignatura a la que podrían llamar Educación para el Mercado con el subtítulo Manual para adoctrinar al Ciudadano y convertirlo así, con mayor facilidad, en una mercancía más, como está sucediendo.
Miguel Ángel Llana, ingeniero y diplomado en Empresariales.

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