La Coctelera

Reggio

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1 Noviembre 2007

Cuando el dolor es el punto de partida, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Cuando el dolor es un punto de partida que, al transitar el asunto abordado, va indefectiblemente a más, cuando muchas de las reacciones responden a lo indeseadamente previsto, escribir al respecto es hacer un recorrido por un túnel cenagoso y maloliente. Escribir en tardes como ésta es peor que llorar: sólo puede arrojar como resultado un cronicón que aspira a dar cuenta de un mal trago para el que no hay alivio posible. Escribir, en casos como éste, es invocar a un cielo que, como diría el personaje teatral más omnipresente en noviembre, no va a oír nuestro clamor.

Tenía que suceder así, que la sentencia sobre los atentados del 11-M se hiciese pública la víspera de difuntos. Tal coincidencia no va a contribuir en modo alguno a que, en la vida pública, sea mayor la tribulación por los muertos que por las lecturas políticas que se han venido haciendo desde entonces.

En el futuro, alguien se preguntará por qué, tras el atentado, las principales fuerzas políticas no comparecieron ante el país con una sola voz y como una sola voz, demostrando algo tan importante como un mínimo de sentido del Estado. En el futuro, alguien se preguntará por qué las políticas en materia de seguridad no impidieron aquella tragedia. ¿Por qué se hizo de un cataclismo tan horrendo manzana de la discordia en lugar de haber servido justamente para todo lo contrario, es decir, para demostrar mayor entereza y categoría moral en la vida pública?

Del horror del atentado que no hemos olvidado y que, al tiempo, rememoramos, a la indignación y al estupor. Si la sentencia excluye la autoría o implicación de ETA en los atentados, mucho y muy gravemente se han venido equivocando quienes no dejaron de sostener tal cosa desde el principio. Y cabe preguntarse qué se seguirá argumentando a partir de ahora, porque, de seguir en esa línea, se estaría entrando de lleno no sólo en el deterioro de la vida pública, sino también en algo más grave aún: en la cimentación misma de eso que llaman Estado de derecho.

Se habla de que la sentencia no despeja la llamada “autoría intelectual” de los atentados del 11-M. ¿Qué se quiere decir exactamente con esto? ¿Quién los inspiró?

¿Cómo pudieron perpetrar un atentado de esas características los condenados? ¿Qué objetivos perseguían? Por supuesto, que se pueden hacer muchas cábalas. Por descontado, que la sentencia no puede dar respuesta a todos los interrogantes susceptibles de ser planteados. Bástenos con saber que puede considerarse probado que sobre los individuos que han sido condenados pesan muchas evidencias que invalidan cualquier hipótesis contraria.

Lo dicho por Rajoy acerca de que está abierto a que se amplíe más el campo de la investigación parecería lógico si se da por hecho que la sentencia no ha hecho más que fundamentarse en pruebas que considera irrefutables, sin que eso implique el esclarecimiento total de los hechos. Visto así, estaríamos en una perogrullada impropia de un ciudadano que aspira a presidir el Gobierno de este país.

En cualquier caso, convertir un acontecimiento que fue y seguirá costando sangre, dolor y lágrimas en un instrumento de conspiración política resulta dañino a más no poder.

Bien estaría que las cosas se recondujesen. Primero, en lo que se refiere al respeto a los tribunales de Justicia. Segundo, en dirección a la autocrítica. Tercero, hacia el dolor de las personas que perdieron a los suyos aquel nefasto día.

Me gustaría que el PP pensase en cargarse de razones con vistas a su aspiración de recuperar el poder, y que no recordase el 11M como un episodio que supuestamente les hizo perder las elecciones, sino como algo que, además de dolor, debería llevarlos a la autocrítica. El hecho es que el atentado no se impidió, el hecho es que no se detectaron los movimientos que había con el tráfico de explosivos. El hecho fue que los responsables políticos de la seguridad del país tendrían que lamentar lo ocurrido, eso mucho más que culpar de todo a las conspiraciones urdidas contra ellos y contra el país.

Y, de otro lado, nos queda pensar en lo sucedido en Asturias. Si no hay ninguna duda de que los explosivos salieron de la Mina Conchita, ni del protagonismo de Trashorras en ese asunto, alguien tendría que preguntarse en qué fallaron las políticas de seguridad y en qué erraron sus responsables políticos.

Aquí, las cosas empezaron como comedia bufa, y en Madrid derivaron en tragedia.

Tráfico de explosivos, supuestos cebos para atraer a terroristas. Y, la final, la masacre que no supo evitarse. Menos prepotencia y más autocrítica.

Aznar, para quien Bush era como el primo del anuncio. Acebes, a la sazón ministro del Interior. Luego, el espectáculo político en las comparecencias que hubo en el Parlamento. Luego, teorías conspirativas. Y ahora devanarse los sesos con autorías intelectuales. ¿En quién busca su inspiración una máquina de matar? ¿Acaso en algo que esté por encima de su odio y de su afán de destrucción?

¡Desgraciado país en el que el terrorismo protagoniza gran parte de la vida pública, bien sea terrorismo de Estado como pasó con los GAL, bien sea el de los etarras, bien sea el de los islamistas!

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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