PRISMA

Uno se pregunta dónde empieza y acaba la delgada línea que le concede a algunos productos culturales o a ciertos creadores un carácter universal. ¿Es la capacidad para conectar con multitudes en todo el mundo, o quizá la originalidad que seduce a la crítica y a los creadores de opinión?

Este es un dilema que sólo resuelve la historia. Es decir, la fragilidad del éxito mediático sólo se redime con la permanencia temporal, lo que es bien sabido por grandes triunfadores de coyuntura y por aparentes fracasados igualmente de coyuntura.

La realidad es que en Cataluña tal secuencia de hechos no siempre se tiene en cuenta y a menudo le hacemos trampas a la coyuntura y de pasada a la historia. Puestos a querer ser un país de genios y a colarnos en el noticiario como una factoría cultural del mundo entero, ensalzamos a mediocres y le negamos el pan y la sal a triunfadores, que aún sin el premio definitivo que sólo otorga el tiempo, de momento ya se han ganado a pulso el acceso a tan selectiva prueba de universalidad.

Triunfar en casa siempre requiere un doble esfuerzo. En Cataluña a veces triple: hay que sortear además vicisitudes añadidas que son bien sabidas y que ahora no vienen a cuento.

Hablo de creadores, artistas o artesanos que hacen bien su trabajo y son seguidos en el mundo entero, a los que en casa nunca les darán el premio al trabajo, es decir, alguna de las medallas existentes para premiar el éxito cultural. Artistas a los que se mira de reojo, con la desconfianza que genera, entre introducidos, el escaso pedigrí o la duda metafísica sobre la fidelidad a la esencia profunda del país.

Nadie les negará el mérito, faltaría más, pero tampoco se les cita en las listas meticulosas que fijan la norma. Listas, por supuesto, de las que nadie conoce con precisión objetiva, las normas de admisión.

Son gente como C. Balagueró, Paco Plaza, Ruiz Zafón, Javier Cercas, Maria Rovira, Calixto Bieto, veremos si Juan Antonio Bayona, Loquillo, Falcones, Poveda (antes de cantar con Maria del Mar Bonet), Paco Morán, Boadella (a partir de su «apostasía identitaria»), entre tantos otros que circulan por el mundo éste, de la cultura, con la conciencia ingenua de sentirse fuera de cualquier frontera.Y no quiero ni hablar de los más jóvenes, a los que este tipo de cuestiones, simplemente se la rebufa.

Estoy seguro de que tal sentimiento es compartido por una inmensa mayoría de los artistas del mundo. ¿Por qué son entonces las instituciones las que ponen fronteras dónde no existen? ¿O es que acaso no sabemos que una de las muchas virtudes de las nuevas tecnologías y de la sociedad global es hacer del arte patrimonio del mundo entero?

Admiro, y lo reconozco sin tapujos, a muchos creadores que son fieles a su país, aunque su país a veces los traicione. Son creadores, Dios quiera que no se enfaden por citarlos, para los que debe ser una lata el peso del debate institucional y la metástasis de la cultura en política. La historia los pondrá en su sitio, evidentemente, pero mientras tanto nos publicitan, y a precio cero, en el mundo entero.

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