DECADENCIAS

Como casi todo el mundo sabe, la famosa Revolución de Octubre, la que llevó al poder a Lenin y a los bolcheviques, derrocando al gobierno provisional de Kerensky, que ya había destronado al zar en febrero, ocurrió en noviembre de 1917, cosas del calendario juliano, vigente en la Rusia zarista. Es el caso que estamos a punto de celebrar (o de echar a la hoguera) los 90 años de aquella tremenda revolución comunista, que causó una guerra civil que duró más de dos años, y que convulsionó todo el siglo XX.

Pero aquella Revolución que cambió el mundo, hoy parece arrumbada y puro folletón del pasado, incluso en países -como China o Corea del Norte- que se diría no saben cómo pasar página, aunque esta China ultracapitalista parece que lo ha hecho ya. ¿Lenin? Un visionario cruel (pero menos que sus sucesores) cuya momia aún es objeto de turismo y polémica junto al Kremlin. ¿Stalin? Equiparable en horror a Hitler. ¿Mao? Un salvaje que estuvo a punto de decapitar la cultura china tradicional, su hermoso pasado. La bandera roja ha sido sustituida en Rusia por la antigua bandera zarista. Leningrado volvió a llamarse San Pertersburgo («Piter», decía la gente chic del zarismo) de modo que uno pensaría que todo lo que queda de aquellos días que cambiaron la Historia, es el recuerdo de una dictadura (aunque fuera del proletariado) y quizás el renquear de Fidel Castro...

¿Ha muerto la Revolución de Octubre? Sí y no. Ha muerto todo lo que tuvo de horror, tiranía y daño. Vive lo que obligó a conseguir, el hecho de que el pueblo (aunque fuese en teoría) asumiera su pleno rol en la Historia. Igual ocurrió con la Revolución Francesa: los crímenes de Marat o de Saint-Just, incluso la decapitación de Luis XVI y María Antonieta, son hoy mera anécdota. Sin embargo, los «derechos del hombre» (el gran logro de esa revolución) siguen ahí y son nuestro cotidiano sustento.

La revolución soviética también ha muerto -como creyeron con la francesa los burgueses de Luis Felipe- pero el pueblo como motor de la Historia, ni los obispos se atreven a tocarlo. El buen corazón de las revoluciones queda, pero el destrozo personal que a menudo ocasionan, eso nunca lo moverá nadie. Para hacer Historia a menudo millones de seres humanos padecen la Historia. La Revolución Cubana amargó para siempre a Cabrera Infante, como la rusa lo hizo con Nabokov.

Y ahora que llegamos a los 90 años de aquel Octubre Rojo, vivo y muerto, puede ser hora de sacar a los perdedores. Por ejemplo, a Iván Bunin (olvidado premio Nobel de 1933). Gran escritor ruso, se exiló en 1920 y murió en 1953 en París, donde sigue enterrado. Era uno de los grandes exilados a quien los soviéticos y sus amigos negaron el pan y la sal. Su libro Días malditos. (Un diario de la Revolución) -Acantilado- escrito en Moscú y en Odessa en 1918 y 1919 entre el caos y la guerra civil, es un documento desgarrador y de primera mano de lo que puede padecer quien no está de acuerdo en los años de la convulsión a tope.

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