ANTE EL RETRATO DE LOS LIBERALES FUSILADOS POR EL ABSOLUTISMO
El futuro ha tomado forma en el Museo del Prado. Tras 10 años de tensiones, la pinacoteca cierra el capítulo de su ampliación y da cuerpo a lo que ya es una de las primeras instituciones museísticas del mundo. Don Juan Carlos presidió ayer la más ambiciosa renovación del museo en sus casi dos siglos de andadura y recordó que el Prado «contribuye a identificarnos como gran nación». Un acto oficial que culminó con un posado frente a la obra El fusilamiento de Torrijos (1888), del pintor Antonio Gisbert, icono de la defensa de las libertades frente al absolutismo monárquico. Sigue en
Cuando Sagasta encargó al pintor Antonio Gisbert El fusilamiento de Torrijos quiso que aquel cuadro se convirtiera en ejemplo de la defensa de las libertades. Fue en 1888 y aquella tela buscaba ser el testamento de una infamia, el espejo funesto de una traición que no debía repetirse. Más de un siglo después, esta tela (y su descarga simbólica) se ha convertido en la imagen que cierra una etapa extremadamente larga: la de las obras de ampliación del Museo del Prado. Pero, a la vez, impulsa la pinacoteca hasta la pole del siglo XXI.
La foto de familia que abre la nueva era de la institución tuvo por tapiz la obra que refleja la tragedia de Torrijos, elegía liberal e icono ya de dos épocas. Los Reyes, los Príncipes de Asturias, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y su mujer, Sonsoles Espinosa; el ministro de Cultura, César Antonio Molina; el director del Prado, Miguel Zugaza; y el presidente del Real Patronato de la pinacoteca, Plácido Arango, posaron ante el cuadro después de que Don Juan Carlos hablara, a los más de 400 invitados que ayer acudieron a plena luz al museo, de cómo el Prado «contribuye a identificarnos como gran nación». Y también como semilla de consenso.
Asimismo, José Luis Rodríguez Zapatero subrayó que «el Prado es una de las grandes instituciones que nos identifica como pueblo. Ha generado siempre un amplio y fácil consenso entre los españoles». Y ese acuerdo tiene su epicentro, según el jefe del Ejecutivo, en que «fue auspiciado por una generación ilusionada con el progreso, convencida de que éste vendría de la mano de la razón y del conocimiento».
La conciencia del pasado y la revitalización del legado con voz propia que los artistas fueron dejando como huella de su tiempo ha sido el eje de un museo que cuenta con algunas de las obras maestras del arte y con uno de los más intensos caudales de la pintura desde el siglo XV al XIX. «Estamos, en efecto, ante el vivo reflejo de la Historia de España, una institución basada desde sus orígenes en los ideales de conservación, promoción y difusión pública de la cultura», subrayó el monarca. Lo de ayer fue, más que una inauguración, un acto de Estado. Y la elección del cuadro de Gisbert, una declaración de principios que en su argumento plástico sostiene el frontal rechazo al absolutismo monárquico. Fue Fernando VII quien ordenó el paseíllo al general Torrijos a la orden de: «Que los fusilen a todos, yo el Rey». Y la conjura fue lacrada a sangre.
La sala que acoge las escenas de Historia de la exposición El siglo XIX en el Prado, de la que son comisarios José Luis Díez y Javier Barón, fue la primera parada de la comitiva, que terminó la visita en el claustro, el espacio más revelador de la ampliación proyectada por Rafael Moneo.
Esta es, en los casi dos siglos de aventura de la institución, su más ambicioso paso al frente. Un proyecto nacido del acuerdo político firmado por todos los partidos en 1995 y del que salió, en 2003, la Ley Reguladora del Prado. El resultado son 22.000 metros cuadrados más de espacio museístico -con un presupuesto final de 152 millones de euros- y «una institución que aparece hoy más luminosa, más ancha y más innovadora», señaló Don Juan Carlos.
El nuevo Prado es una realidad que ha visto pasar durante el complejo periodo de su ampliación hasta cinco ministros de Cultura y otros tantos directores y presidentes del Patronato. «Pero esa unión de manos», según afirmó Zapatero, «es, en sí misma, un verdadero símbolo que prolonga el afán modernizador de una España plenamente integrada en Europa, que ha hecho realidad mucho de la ambición ilustrada». Sobrevoló entonces el pensamiento de María Zambrano sobre el feliz auditorio que estrenaba el museo: «Ojalá que a esta misma hora alguien pueda seguir hablando, aquí y allí, o en otra parte cualquiera, acerca del nacimiento de la idea de Libertad». Lo recordó Zapatero. El Prado inauguró en miércoles su siglo XXI.
Modernidad que nace en la Transición
«El impulso modernizador del Prado nació en los años de la Transición». Hasta esos 'remotos' días echó la vista el presidente del Patronato del museo, Plácido Arango, para buscar la semilla nuclear de un proyecto que ayer cerró el grifo de tantas tensiones juntas y empieza a andar desde hoy mismo -la entrada será gratuita hasta el próximo 4 de noviembre-. Y será entonces cuando la pinacoteca vuelva a tener el futuro, su futuro, como motor. «Todos los que trabajamos para el Prado celebramos esta inauguración con alegría, pero con la inquietud necesaria ante la tarea que el pasado y este nuevo esfuerzo exigen», aseveró Arango.
En verdad éste es, aunque de otra manera, el comienzo de los comienzos de la institución. A la ampliación rematada hay que sumar la reforma del Casón del Buen Retiro, que superó en cinco veces el presupuesto proyectado incialmente. Da comienzo así una andadura que tiene «en su horizonte más cercano la creación del campus del Museo del Prado, con la puesta en marcha del Centro de Estudios y, más adelante, la incorporación del Salón de Reinos (antes Museo del Ejército), último testimonio conservado del antiguo Palacio del Buen Retiro», dijo Arango.
El siglo XIX es el primer protagonista de esta nueva etapa. Y después, en el mes de noviembre, será Velázquez quien vuelva a reinar con una exposición propia en la que es su casa en el mundo, el lugar de sus magias inagotables.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados