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31 Octubre 2007

El Comercio destapa que el ‘deslizamiento’ del ‘Caso Musel’ supera con mucho el 50%, de Juan Vega en su Blog

Octubre 31, 2007 – 12:24 pm

Patinar está de moda en Asturias, y más desde que Jorge Fernández León ha redescubierto el motor de agua que tanto éxito tuvo en el franquismo, con la aplicación de la técnica de la Semana Negra, a la Semana Blanca de LABoral, de soltera Universidad Laboral José Antonio Girón de Velasco. Como nadie visita las locas ordalías ”culturetas” de Jorge en la sala de exposiciones y en el teatro, hay que aplicar el mismo truco que en la Semana Negra, sóloJorge Fernández León impulsa el 'deslizamiento' que en vez de bocadillos de chorizo, le van a poner una pista de hielo al invento, entre los yugos y las flechas de la desmemoria oportunista de lo que en vez de un gran símbolo del franquismo, es ahora “la gran obra de Luis Moya” porque nos conviene a nosotros, y además y sobre todo, porque nos da la gana, una manera de tomar las decisiones muy digna de los constructores del edificio, por lo que sus ”rehabilitadores” no podían ser menos. Así pues, llega la hora del patinaje, del deslizamiento, Asturias, Gijón, LABoral, El Musel, todos a patinar.

El diario El Comercio, que es el gran promotor de las excelencias de la pista de hielo de Jorge, no podía resistir indefinidamente un asedio con el tremendo escándalo suscitado en El Musel, y del que La Nueva España está tirando con un constante goteo, de acuerdo con la vieja técnica de la China de los mandarines. Poca agua y todos los días, una gota; ni más ni menos: ningún día sin una línea, dicen que decía Plinio el Viejo, que diría lo que dijese, pero es cierto que la continuidad, el porfiar, sacar día tras día, semana tras semana, algo a relucir, es el principal secreto de la comunicación exitosa. El porqué no está muy claro, pero resulta incontestable el hecho de que la memoria es débil y la ciudadanía necesita un constante recordatorio de cualquier desafuero cabreante, para que la “natural” indignación se convierta en unánime bramido, ya que sin recordatorio, ni hay bramido, ni siquiera desafuero que valga. Cualquier barbaridad que no se publicite, deja de serlo para convertirse en una cosa normal. Recientemente lo vimos bien ejemplificado en la polémica sobre las agresiones racistas. Si no hay vídeo, no hay agresión racista; la chica se hubiese comido las collejas con total naturalidad.

Para conseguir el objetivo de sensibilizar al ciudadano con una causa hay que administrar la información. No se puede quemar demasiado material de una tacada. Se fabrican noticias incluso, pero siempre con una percha de la que colgarlas, aunque la percha sea una “fuente” ignota, anónima y agazapada detrás de algún mato inexpugnable. En el mundo ha habido guerras montadas sobre lo que dicen esas “fuentes”, como las que informaron en su momento, indignando a la nación americana, sobre la existencia de armas químicas, bacteriológicas y nucleares, allí donde hay que lanzar la lluvia de bombas.

En el caso de El Musel -¿lo llamamos ya el ‘Caso Musel’?- hemos visto cómo se lanzan también especulaciones al aire, a la espera de confirmación. Cosas que se dicen quedan así sin contrastar ni comprobar, por aquello de las querellas, y además la Autoridad Portuaria de Gijón tiene la mano larga y el dedo ágil, pronto a ejercer presión sobre el gatillo judicial. La entidad que administra los graneles y los esparce al viento sobre toda la zona costera del cabo Torres, es experta en frenar lenguaraces. Que se lo pregunten a Enrique Riaño, el presidente de Cesintra, la cooperativa de transportes que se pelea a diario con la cosa del puerto, por aquello de que los dioses muselísticos prefieren el tren al camión para sus negocios. Riaño lleva dos querellas por protestar porque el suelo del puerto se pone resbaladizo cuando sopla el viento y esparce los graneles, lo que ya provocó algún fatal accidente, y por organizar la queja contra la tendencia a concentrar los contratos de transporte en ciertas empresas que dejan a los camioneros asturianos mano sobre mano.

El Principado necesita biodiversidad periodística, porque como triunfe un medio y se quede de árbitro de la escena estamos acabados. La política que La Nueva España desarrolla en Oviedo, que es la misma que utiliza El Comercio en Gijón -más que una política es el comportamiento inevitable del lider- es la de meterse en la cama con el poder local, llegar a acuerdos comerciales, e informar con la mesura propia del cantor retribuido generosamente, es decir, desinformar, trabajar al servicio del patrón para despistar al personal.

Aquí se hace la pelota, allí se machaca al goberante. Da igual. El lector poco avisado es conducido hacia sus conclusiones, se le lleve en volandas hacia la opinión conveniente.

Sólo la competencia puede romper esta infernal dinámica, y con El Comercio y La Nueva España la competencia estaría garantizada en Asturias -lo de La Voz de Asturias es muy triste, porque ahora ya ni intenta singularizar sus contenidos-, de no ser por el impresionante desequilibrio que tienen sus respectivas situaciones, pues mientras La Nueva España acosa eficientemente a El Comercio en Gijón, estos en Oviedo ni sueñan en influir en la opinión pública, como consecuencia de la larga acumulación de desaciertos en su torpe estrategia para entrar en la capital del Principado.

Como dato curioso, y como orientación de lo que sí hubiera sido un camino sensato para El Comercio en Oviedo, están sus resultados en la Villa del Adelantado, pues desde que compraron La Voz de Avilés, han conseguido situarse allí en posición de plantarle cara seriamente a La Nueva España, cosa que hubieran podido plantearse en Oviedo con una cabecera propia y adecuada para la idiosincrasia de la capital, algo imposible con la que ostenta el título de decano de la prensa asturiana, orgullo de la burguesía gijonesa, desde los tiempos del gran Adeflor.

El caso es que El Comercio ha decidido subirse, con una semana de retraso, al debate soterrado, medroso -todos temen la querella financiada con graneles portuarios- que impone el miedo a quienes tienen dinero -ajeno, pero dinero- sobrado como para echarle cincuenta orangutanes encima a un humilde periodista. Así se explica por ejemplo que no se haya vuelto a hablar de la incompatibilidad del director de la Autoridad Portuaria, José Luis Díaz Rato, que según publicó La Nueva España es a la vez director del órgano adjudicador y de la obra que desarrolla la empresa adjudicataria, algo que nosotros nos limitamos a repetir con asombro, pues desde luego semejante imputación no debería haber recibido un silencio asentidor por respuesta, sin que tan asentimiento nos cree una profunda desazón, pues es sabido que quien calla otorga, y si realmente, tal y como dijo ese periódico, el responsable de quien paga y de quien cobra, es el mismo, el desfase, el deslizamiento, ya no es un desfase ni un deslizamiento, sino otra cosa, que en el fondo todos sospechamos, pero ninguno nos atrevemos a decir, porque a nadie le gusta que le pidan medio millón de provisión de fondos para empezar a hablar, y especialmente si la otra parte dispara con pólvora del Rey a discreción.

Y hablando de desfases y deslizamientos que no lo son, precisamente, en el artículo de fondo que se lanza desde Gijón, desde El Comercio que se sube al pescante de la diligencia muselera, escopeta en ristre, se hacen cuentas llamativas, sorprendentes, pues se analiza la historia presupuestaria del proyecto de El Musel desde el principio -cosa que hasta ahora no se había hecho-, y lo que se dice consigue dejarnos con la boca abierta por la sorpresa, pues si la enorme polémica que se generó sobre los dos modelos que estuvieron en liza -la desmesurada alternativa 3C que convertía la bahía de San Lorenzo en una piscina, y la que finalmente puso sobre la mesa el entonces secretario general de Infraestructuras con Francisco Álvarez-Cascos, Benigno Blanco- quedó bien grabada en la memoria de los ciudadanos, probablemente no recuerden los precios de licitación que entonces se manejaron, 446,9 millones de euros para la desmesurada alternativa 3C y 335,4 para la que ahora se ejecuta, que se adjudicó, lejos de esa cifra, en 580 millones, muy por encima de la alternativa 3C, y que ahora por arte de la magia de los profesionales estos de la vida portuaria que se sustituyen unos a otros en todos los cargos, ha llegado a los 812.

Para mayor escarnio, El Comercio, en su información, revela que lo que Benigno Blanco presupuestó en 335,4 y ahora cuesta 812, tenía incluidos los accesos al puerto en el proyecto, y ahora no lo están. Así pues, los efectos balsámicos de la competencia parecen estar empezando a sentirse ya en el “Caso Musel”, y El Comercio de hoy nos revela en realidad que no estamos hablando de un sobrecoste del 40%, sino de algo de mucha más envergadura: el ‘deslizamiento’. Todos a patinar.

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