Somos un país de celebraciones, homenajes, efemérides, aniversarios y adhesiones inquebrantables. Incluso cabe deducir que, como pueblo, necesitamos que transcurra un tiempo -mucho tiempo- para observar con alguna nitidez el perfil de los acontecimientos históricos. Esta vez, la casualidad quiso que en el calendario coincidiesen la beatificación de 498 religiosos asesinados durante la guerra civil por elementos incontrolados del bando republicano con los 25 años de la primera victoria electoral de los socialistas en la etapa democrática que siguió a la muerte de Franco. Como es habitual en estos casos, el hecho sirvió de pretexto para organizar una cierta bronca retrospectiva entre locutores de radio, personajes que han cobrado ventaja sobre militares, políticos y filósofos a la hora de interpretar el sentir general de la población y el autentico interés de la patria. No se sabe si esto es bueno o malo para la salud mental pública, pero en definitiva constituye el triunfo definitivo de las tesis del camarada Goebbels. Cualquier cosa que diga con insistencia un locutor de radio a primera hora de la mañana se incorpora inmediatamente al debate social como verdad revelada y rueda con estruendo por bares, cafeterías y cabinas de taxis hasta llegar al sanctasanctórum de las torres de marfil donde le dan al manubrio de sus ensoñaciones particulares los intelectuales. La beatificación de los 498 mártires fue presentada en algunos medios como un recordatorio sangriento del resentimiento de la izquierda española, felizmente derrotada en la guerra civil, y que ahora pretende desenterrar el pasado con una ley mal llamada de la Memoria Histórica. Una norma a la que se le atribuye la intención de rehabilitar el honor y la dignidad de los asesinados del bando republicano; en definitiva, de hacerlos respetables o venerables, que ése es justamente el sentido que le da a la palabra «beatificar» el Diccionario de la Real Academia Española. Indagar la razón por la que los mártires de un bando pueden ser beatificados solemnemente y los otros no nos llevaría a confirmar la brutalidad del aserto de que escribir la historia es un derecho reservado exclusivamente a los vencedores. Un derecho al parecer imprescriptible, porque ya han pasado casi setenta años de aquel drama fratricida y aún seguimos disputando sobre él. Entre las opiniones vertidas sobre el asunto me ha parecido especialmente reseñable la del actual embajador de España ante la Santa Sede, el peculiar socialista Francisco Vázquez, quien propone, en un artículo publicado en «El Mundo», que «se pida perdón a la Iglesia por la persecución sufrida y por sus más de 7.000 miembros que fueron víctimas inocentes de la contienda civil». No nos explica quién debe pedirle ese perdón, aunque cabe deducir que se refiere al Gobierno actual o al Parlamento, lo que seguramente aún provocaría una polémica mayor que la actual. A todo esto, la Iglesia española todavía no ha pedido perdón por su colaboración entusiasta con la dictadura franquista, del mismo modo que ya han hecho el episcopado argentino y el chileno por sus implicaciones con los regímenes militares, y el austriaco y el francés por sus claudicaciones ante los nazis. Y dejemos el aniversario del triunfo electoral de González para otro día.