«Helos ahí: frente a la mar bravía», de José Esteban en El Mundo
DESCUBRIENDO LA AMPLIACION
De entre nuestra pintura de género histórico, amanerada y lejana a nuestros ojos, destaca, como una fulgurante y solitaria estrella, El fusilamiento de Torrijos , de Antonio Gisbert. Es un cuadro que gana con el tiempo. Un prodigio de ejecución y composición, y por el que atraviesa una ráfaga de inquietud y rebeldía que contribuye a mantenerlo vivo.
Quizá por ello, ningún escritor verdadero ha sido ajeno a la inquietud trágica que lo recorre. No solamente Espronceda, autor del impresionante soneto, cuyo primer verso encabeza estas líneas, sino el propio Galdós, que supo ponerle el pie literario que tal cuadro exige. Salvador Monsalud, el héroe de la segunda serie de los Episodios, aparece como arquetipo del conspirador romántico (no otra cosa fue Torrijos); con ello, se aproxima a las figuras patéticas del cuadro. ¿Ha surgido, podemos peguntarnos, este personaje novelesco de la atenta contemplación del escritor ante el cuadro? Nunca podremos saberlo. Pero sí sabemos que entre una larga lista de pintores de historia que el novelista canario había conocido desde su llegada a Madrid, en 1862, coloca a Gisbert y a su famoso cuadro, en primer lugar. Además, menciona y saca a escena al propio Gisbert, como invitado del marqués de Beramendi, en la serie cuarta.
El cruel fusilamiento del conspirador romántico, no sólo conmocionó a la España liberal, sino a toda la Europa, que caminaba lentamente hacia los contenidos de la Revolución Francesa.
El olvidado pintor, que cultivó con entusiasmo la pintura de género histórico, brilló igualmente en el retrato. Fue muy estimado en París, donde alcanzó fama y gloria. Pero nunca llegó, creemos, a la altura de El fusilamiento. Este cuadro, con muy buen ojo crítico, fue adquirido prontamente por el Museo del Prado, que por fin va a exhibirlo como se merece. Museo del que Antonio Gisbert llegó a ser director entre 1869 y 1873.
El hecho que se relata no puede ser más cruel. El famoso general Torrijos parte de Gibraltar (siempre refugio seguro de nuestros viejos liberales) y desembarca en las costas de Málaga con el loable fin de proclamar la abolida Constitución de 1812, la popular Pepa. La traición de alguno de sus antiguos compañeros de armas, lo obliga a refugiarse en una alquería, en la que cercado, y hambriento, tiene que rendirse. Su último grito fue: «¡Viva la libertad!».
Un soneto de Espronceda, tan impresionante como el propio cuadro, y también olvidado entre las páginas de sus obras completas, conmocionó, como el hecho mismo, a la España liberal. Sus versos terminan con un dejo de esperanza futura:
Españoles, llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean;
sangre que ahogue a siervos y opresores;
y los viles tiranos con espanto
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores.
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