Zapatero abofetea a su prima, la ministra Magdalena, de Luis María Anson en El Mundo
CANELA FINA
Tal vez la más sonora bofetada política escuchada durante las tres décadas de democracia ha sido la que José Luis Rodríguez Zapatero propinó el domingo a su ministra de Fomento, la prima de Magdalena Alvarez. No se puede actuar con mayor crueldad entre sonrisas y arqueo de cejas circunflejas. ¡Qué barbaridad, qué bofetón!
Está claro que la ministra Magdalena no es la culpable final de lo que está ocurriendo en Barcelona. Zapatero ha querido exprimir el granero de votos en Cataluña y llenar su cesta de huevos electorales, inaugurando el AVE a bombo y platillo el 21 de diciembre. Era su exaltado discurso de Navidad. La aceleración de las obras para satisfacer el delirio electoral zapatético ha sido la causa directa, según los técnicos, del caos barcelonés que ha sublevado a los catalanes.
La ministra Magdalena no tenía por qué dimitir. Cumplía órdenes dictadas desde Moncloa por el presidente que, como la marquesa Eulalia de Rubén Darío, sonríe, sonríe, sonríe. El responsable del caos, el titular de la ocurrencia del 21 de diciembre, es el presidente de las mercedes. A él sólo correspondía dimitir. Magdalena Alvarez no era otra cosa que la prima obediente y sumisa.
El caso es que, ante la hemorragia de votos catalanes que podía comprometer la apoteosis triunfal de las generales, Zapatero decidió visitar Barcelona para que los ciudadanos de aquella Comunidad, que el socio del PSOE, el coronado de espinas Carod Rovira, quiere convertir en Estado independiente en 2014, comprobaran los desvelos presidenciales para solucionar los problemas por él creados con sus prisas atolondradas. El bombero se ofrecía a apagar el fuego que él mismo prendió.
Viajó en domingo, claro, que los catalanes son muy cabroncetes según Philip Petit, no fuera a ser que abuchearan al faro de la Alianza de las Civilizaciones. Y dejó en casa a su chivo expiatorio, a la muy prima de su ministra de Fomento, Magdalena Alvarez. Que un presidente del Gobierno acuda a un escenario contrometido sin el ministro del ramo, carece de precedentes de relieve. Zapatero, sin otra preocupación que contener la hemorragia electoral, no ha vacilado en descargar sobre el rostro de Magdalena Alvarez una bofetada de tal calibre que, ahora sí, ahora, por elemental dignidad, la ministra debería dimitir haciéndole una discreta higa a su presidente.
Pero no. El vocablo dimisión podría suprimirse del Diccionario por falta de uso. La ministra llora como una magdalena en la soledad de su despacho el escozor producido por el bofetón presidencial, un poco harta la verdad de hacer el primo, o la prima, en este asunto del AVE a Barcelona, descarrilado por las prisas zapatéticas y su célebre política de ocurrencias.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española
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