HOJEANDO ZAPEANDO
Coincidiendo con la entrega, el pasado viernes, del premio Príncipe de Asturias de la Concordia al Museo del Holocausto de Jerusalén se ha organizado en Oviedo una exposición cuyo título, Visados para la Libertad: diplomáticos españoles y el Holocausto, coincide con el de un documental recién presentado por TVE. Con este motivo regresan a las páginas de los periódicos los nombres de esos diplomáticos que salvaron la vida de miles de judíos en toda Europa, y en particular el del extraordinario Angel Sanz Briz, quien en Budapest logró pasaportes y salvoconductos para unas 5.200 personas, apoyándose en una ley de Primo de Rivera que daba la nacionalidad española a los sefardíes, es decir, los judíos de origen hispano... aunque la inmensa mayoría de los perseguidos en Hungría no poseía esa condición.
Recuerdo bien al Sanz Briz que yo conocí dos decenios más tarde, en 1963, cuando era cónsul general de España en Nueva York: menudo, elegantísimo -casi peripuesto- y de una cortesía de la vieja escuela. La quintaesencia del diplomático. A primera vista, no le pegaba casi nada lo que mi padre me confió al día siguiente de que el cónsul conociese al hijo mayor de su amigo y compañero: «Angel hizo una heroicidad en Budapest durante la guerra».
Nadie hablaba entonces de Angel en esos términos; de hecho, pocos le conocían fuera de los estrechos confines de la diplomacia española, y eso que su actuación había sido tan importante como la de Raoul Wallenberg y sin duda más que la de Oskar Schindler.
En 1994, cumpliéndose el medio siglo de aquel arriesgado rescate de miles de seres humanos, toda la prensa se hacía eco de ello, y hoy sucede lo mismo. Curiosamente, leemos más imprecisiones hoy que hace 13 años. Entonces EL MUNDO publicaba esto: «El joven diplomático español, bajo las órdenes de su Gobierno, emitió salvoconductos a todos estos judíos alegando que eran sefardies». Hoy, esto: «Se enfrentaron a las órdenes de su ministerio y de sus aliados alemanes y protegieron a miles de sefardíes de habla ladina que habían sido naturalizados españoles tras la I Guerra Mundial y el colapso del Imperio Otomano»).
Qué flaca es la memoria... Por una parte, está claro que casi todos los rescatados eran askenazis, judíos del Este de Europa, y no sefardíes: del engaño a los fascistas húngaros y a los ocupantes nazis, dirigidos por Adolf Eichmann, nacía precisamente el riesgo arrostrado por Sanz Briz, y por eso le reconocemos hoy como héroe. Por otra, la rebelión de los diplomáticos contra su ministerio no fue tal; de haber existido, habrían sido destituidos fulminantemente. Es curioso que esa especie se propague hoy más que en 1994: ¡ya se le cargan al lamentable régimen franquista hasta los pecados que no cometió! En este caso, en el Madrid de 1944 empezaban a perder fuerza los pronazis, y un ministro de Exteriores pragmático (u oportunista) como el general Gómez de Jordana podía... maniobrar. Diplomáticos liberales como Sanz Briz lo sabían, y actuaron. Pero siempre jugándose el tipo.
© Mundinteractivos, S.A.

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