El pasado domingo se cumplieron veinticinco años del gran triunfo del PSOE en las elecciones legislativas del 28 de octubre de 1982. De los años que vinieron después, cada cual tiene sus recuerdos y sus amnesias. Ahora, sin buscar en los archivos y confiando sólo en las impresiones personales de entonces, acuden a mi memoria tres escenas. La primera está protagonizada por un conocido que, poco tiempo después de la llegada de González a la Moncloa, se apuntó al PSC tras muchos años de haber militado en la izquierda extraparlamentaria independentista; nunca olvidaré su razonamiento: "Hombre, si quiero hacer cosas en serio, no tengo más elección que ésta". La segunda escena es la de un buen profesor de mi instituto, honrado sindicalista de la UGT, al que sus compañeros de claustro y muchos estudiantes pusieron en la picota por defender en público el sí a la entrada de España en la OTAN, tal y como propugnó finalmente el gobierno de González en el referéndum de 1986, tras haber proclamado lo contrario; la dureza de aquel debate hizo aflorar lo peor de cada casa, especialmente en aquellos que siempre se sienten moralmente superiores. En la tercera escena, está la soberbia encallecida y ciega de algunos altos cargos socialistas que, confiados tras tantos años en el poder, no querían admitir que la corrupción también había hecho mella, finalmente, en su proyecto; algunos se apearon del coche oficial sin hacer el ejercicio imprescindible de observar, con distancia, cómo habían sido vencidos por el factor humano más antiguo.
Ha pasado un cuarto de siglo para el PSOE y para todo el mundo. Hoy, los socialistas no sólo son más viejos (aunque se trate de personal nuevecito y fresco), también son más grises, más planos, más ingenuos, más desconfiados, más temerarios, más rutinarios. En Catalunya, tenemos el entorno de Montilla y la generación Hereu, unos gestores que administran tanta concentración de poder que resulta difícil distinguir la inercia de la voluntad, el cálculo de supervivencia de la música ambiental. No tienen nada nuevo que decir, son el partido perfecto del conservadurismo. Por otro lado, en la España provincial, el socialismo oscila entre la depresión al estilo valenciano y la fosilización gubernamental al estilo andaluz, con todas las gradaciones intermedias, desde el desconcierto madrileño hasta el optimismo cauteloso de los aragoneses. Recubriendo esta diversidad está el zapaterismo como apuesta generacional que se afirma contra, precisamente, el culto eterno al felipismo. El zapaterismo es una aspiración permanente a la mayoría de edad, pero demasiado confiada en los poderes de Peter Pan.
El PSOE de 1982 era un relato que se impuso con ilusión contra unos adversarios que habían cumplido ya su ciclo y se autodestruían. El PSOE del 2007, en cambio, es un artefacto cuyo principal activo es ofrecerse para frenar el paso a una derecha que ha renunciado al centro, al pacto y a la moderación.

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