AQUI NO HAY PLAYA
Con el humor castizo, cínico y corrosivo que nos caracteriza, los madrileños ya hemos bautizado a las cuatro gigantescas torres que se yerguen desafiantes más allá de la Plaza de Castilla: La bolera de Bin Laden. Lo cierto es que las dimensiones del mamotreto vienen a poner de relieve (y nunca mejor dicho) las deficiencias urbanísticas de una capital que se merecería mejor suerte. Con ellas, el horizonte de Madrid parece definitivamente el skyline de un infarto: dos o tres sobresaltos, un achuchón final y una plácida calma chicha. En arquitectura todo es cuestión de escalas, y en Madrid nunca se ha respetado ninguna. La ciudad parece diseñada por varios demiurgos distintos que hubieran jugado con mecanos y puzzles recomendados para distintas edades. De 4 a 5 años en la Plaza de España, de 6 a 9 en la Torre Picasso, y la bolera, como es preceptivo, para borrachos.
La arquitectura contemporánea no es precisamente un ejemplo de imaginación. Al gran maestre Le Corbusier le fascinaban las líneas rectas y los demás compadres no se han complicado mucho la vida. En las grandes urbes casi todo son cajones, libretas de cerillas y campanarios con elefantiasis. Un freudiano estricto tendría mucho que decir al respecto. Cuando se ha intentado innovar más allá del paralepípedo, la cosa tampoco es que mejore mucho: rascacielos en forma de flecha o cajas de zapatos. Hace poco, en Barcelona, inauguraron un pepino con balanitis. La ciudad que crió a Gaudí (el único arquitecto de la era moderna que creía en la curva, la catenaria, la onda y el fractal) no sólo se empeña en desdoblar de mala manera la Sagrada Familia sino que se decanta al final por el falo. Y encima con colorines.
En los rascacielos, como en los falos, todo es cuestión de tamaño. Que sí importa. Los arquitectos están limitados por los materiales y me imagino que no debe de ser fácil hacer virguerías con pináculos que pretenden rascarles la barriga a las nubes. En Varsovia hay una réplica de la Giralda de Sevilla pero de 230 metros de altura. La primera vez que la vi, asomando el hocico entre la niebla, pensé que se me había ido la mano con el vodka. En la Edad Media se levantaban catedrales a Dios y en el siglo XXI levantamos torres de oficinas al becerro de oro, vertiginosas réplicas de Babel construidas en honor del euro y del índice Nikei. Normal que uno pasee debajo de esos mostrencos y se sienta como el gran Lebowski en su pesadilla de la bolera. Hay tanta alma en ellas como en cuatro parquímetros colocados en medio de Liliput. Pero Madrid puede con todo. Ya escribí una vez que Madrid es como un boxeador sonado, uno de esos monstruos que va perdiendo dientes y ganando cicatrices a lo largo de la película. Su plato es el cocido y su fealdad, su hermosura. Cuatro huesos más no van a estropear el caldo.
© Mundinteractivos, S.A.

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