El Prado, puertas al futuro, de Antonio Lucas en El Mundo
DESCUBRIENDO LA AMPLIACION
Un umbral de diseño
La escultora Cristina Iglesias diseña para uno de los accesos al 'Cubo' de Moneo una obra poética y móvil de 22 toneladas
Aparecen las puertas casi inesperadas, disimulando su enigma, su magia. Si se cierran tienen algo de llaga quieta, casi de bosque mudo. Pero cuando se abren de nuevo (o como por vez primera) desarrollan una danza robusta, surgen como puertas que no son puertas, casi a la manera de Huxley, pues quieren ser en sí mismas una percepción del espacio al que invitan.
Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) recibió hace algo más de tres años una llamada del arquitecto Rafael Moneo, autor del proyecto de ampliación del Museo del Prado. Este le dijo que inventara algo para un imprevisto: el hueco que había que abrir en la fachada del edificio y que reclamaba un portón. Iglesias reconoció el terreno, observó la abertura en la que intervenir y desarrolló una pieza en bronce, «una escultura adaptada al espacio de una puerta», dice, dividida en seis módulos (cuatro móviles y dos fijos) que confeccionan un tapiz vegetal de 22 toneladas de peso impulsado con articulación hidráulica.
«En mi trabajo está muy presente el tema del pasaje, las formas que pueden ser umbrales de algo... Había muchos elementos que me eran cercanos para poder cumplir con el encargo de Moneo. Además, me interesaba la idea de movimiento que requería esta pieza, pues me permitía pensar en una propuesta más compleja», explica la artista.
Las puertas diseñadas por Cristina Iglesias se han convertido en uno de los referentes contemporáneos de la modernización del Prado. No es un aplique más del nuevo edificio, sino que la obra está concebida para que tenga vida propia en la fachada principal del Cubo. «Permanecerá abierta durante el día -aunque, en principio, es un acceso para ocasiones especiales-. Y se mostrará de muy distintas maneras según pasa la jornada», afirma Iglesias.
El sistema informático que mueve la puerta ofrece cinco posiciones distintas de las hojas. Esto le da un carácter mutante, cambiando cada dos horas su forma original durante el tiempo de apertura del museo. «Me interesa mucho que se entienda mi trabajo como una instalación en constante relectura. Por eso las puertas se abren hacia adentro y hacia afuera con un movimiento muy armónico, invadiendo levemente el espacio de la entrada y creando distintas formas», subraya la autora.
Las posibilidades de apertura de las puertas crean un mínimo corredor, un extraño pasadizo inconcreto. La abstracción vegetal que dibuja el cuerpo de cada una de las rotundas planchas que conforman la escultura crean un paisaje de abstracción muy sugerente. «Lo arbóreo es un motivo constante de mi obra. Me gusta la fisicidad que ofrece el dibujo de las ramas en las puertas, tiene algo inquietante. Además, implícitamente son un homenaje al Jardín Botánico, que está aquí al lado, y dialogan con el bosque de boj diseñado por Moneo sobre la nueva terraza de la institución», apunta Iglesias. «Al ver la obra en lo que va a ser su lugar definitivo, ésta toma nuevas lecturas. La dimensión que adquiere en la fachada del Cubo es muy importante, y desde el momento en que se hace presente en el lugar se convierte también en una pieza pública con autonomía».
El bronce que da cuerpo a las puertas, fundidas a la cera perdida, conceden una nobleza sugerente a la tapia vegetal que ha concebido la artista. La resistencia del metal alcanza un aire de levedad, vibrante incluso. «Los materiales suponen una de mis pautas de investigación en el arte», afirma Iglesias. Y el bronce articulado como lo hace aquí provoca una sugerente experiencia visual.
Cristina Iglesias se ha convertido en la primera artista que interviene con carácter de permanencia en el Museo del Prado. «Eso era un reto añadido, pero no me condicionó. No pienso en términos de eternidad. Eso sí, espero que el visitante entienda mi propuesta, que sepa que no son sólo mobiliario, sino que quieren tener su propio espíritu», ataja.
Son la nueva seña de identidad de un museo que quiere proyectarse como icono de modernidad. La apuesta de Iglesias potencia esa voluntad con elegancia, dejando en la fachada de la ampliación el vivo temblor de su naturaleza muerta, la sinfonía muda de una escultura que enriquece la fisionomía del lugar, como un poema móvil de abstracciones figuradas, como un lecho de río puesto en pie.
© Mundinteractivos, S.A.
