El triunfo de Cristina Kirchner no puede entenderse únicamente por el balance mayoritariamente positivo que pueden hacer muchos argentinos del Gobierno de su esposo, sino también por la comparación que hacen con los ejecutivos que lo precedieron. Desde que los militares abandonaron el poder en 1983 se sucedieron varios gobiernos civiles. Los radicales Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa y el peronista Carlos Menem hundieron económicamente al país, dejando una deuda externa gigantesca, descapitalizando el país tras una privatización de las grandes empresas públicas y provocando la destrucción del tejido productivo y un paro de proporciones gigantescas. En el terreno de los derechos humanos, después de las condenas de los altos mandos militares en los 80, la situación evolucionó hasta la total impunidad de todos los responsables.

La rebelión popular de diciembre de 2001 tras el crack bancario y la volatilización de millones de dólares con el corralito, que se saldó con más de 30 muertos, provocó la huida del presidente De la Rúa. En un año y medio se sucedieron varios mandatarios provisionales, que intentaron reconducir una crisis simbolizada en la consigna ¡Que se vayan todos! El cierre de esta etapa empezó con las elecciones de 2003, en las que Néstor Kirchner obtuvo un magro 22% de los votos frente al 24% de Menem, aunque éste desistió de competir en una segunda vuelta. El nuevo Gobierno protagonizó un cambio en la política de derechos humanos, suspendió las leyes por las que se había liberado a los genocidas y reinició los juicios paralizados. Durante el mandato Kirchner mejoraron los índices macroeconómicos, en parte gracias a los altos precios de productos agrícolas como la soja y a un aumento de la actividad productiva, lo cual llevó a un descenso del paro. Sin embargo, la situación dista de ser óptima, ya que existe una deuda externa que supera los 105.000 millones de euros. Además, la pobreza y la indigencia atenazan a millones de personas y la inflación crece mucho más rápido que los salarios. Esto explica la apatía reinante en el electorado, el descrédito que sigue teniendo la clase política.

Cristina Kirchner ha ganado las elecciones fundamentalmente porque supo vender bien los éxitos de su marido, minimizar sus fracasos y ocultar sus trapos sucios, y porque los electores votaron por el Gobierno menos malo que han tenido en las últimas décadas. El matrimonio K se benefició igualmente de la ausencia de una oposición creíble. Se presentaron distintas listas opositoras cuyas divisiones resultan difíciles de explicar. El kirchnerismo ha acabado así ocupando el centro del espectro político argentino. Lilita Carrió intentó sin éxito cubrir ese sector del electorado, pero sí logró hacerse con un lugar importante en la escena política.

Daniel Pereyra es politólogo y escritor argentino.

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