Podría ser que lo de Auschwitz hubiera empezado así. Un joven nazi -quizás aún no lo sabía- se cruzó en el camino con un judío y decidió, así sin más, pegarle una gran paliza. Atemorizados por la violencia del joven, nadie salió en defensa del agredido. El joven nazi se sintió satisfecho y convencido de su actuación: nadie la sancionó. Con el tiempo los nazis decidieron que era mejor matarlos que darles palizas, y no de uno en uno, sino a miles. Así nació Auschwitz.
Si la víctima no tuviera ni raza ni religión o éste no fuera el motivo de la paliza, sería lo mismo. Si la violencia y la ley del más bárbaro se impone en la calle o en los espacios públicos, y no se castiga a los que la practican, el mensaje que se transmite es bien evidente: no hay límites para los vándalos. Y podría ser que la mayoría de los ciudadanos no entendiera nada, pero los violentos sí. Sabrían que han ganado la partida; que se han impuesto sobre los valores de la convivencia. Los violentos habrían ganado.
Y no es ahora el momento para dirigir la atención a los que, por miedo, no defienden a las víctimas de los violentos. ¿Por qué habrían de ser héroes cuando a los que deben asegurar la convivencia, la violencia no les parece preocupante? Se les pide solidaridad para suplir las obligaciones que corresponden a los que deberían impedir o, como mínimo, reprimir la violencia de los bárbaros.
¿Y para qué tanta cinta de vídeo grabando la vida de todos? No hay privacidad salvo para los violentos, porque para éstos su violencia resulta opaca, como si no hubiera ocurrido. Total, cada acto de los violentos es sólo un hecho puntual. ¡Que se borre la cinta para evitar recordarle, al violento, un mal momento! El joven nazi quería y finalmente consiguió que su hecho puntual se convirtiera en usual. El violento siempre aspira a esto; es su manera de expresarse.
Y la sociedad democrática no es compatible con la violencia. El violento, por definición, siempre es una amenaza para la convivencia. Y debe saber que sus actos le expulsan de la libertad, privándosele de ella. No hay agresión más preocupante para el orden democrático que la del que pretende imponerse por la fuerza. Por convicciones o por primitivismo salvaje, sea por lo que fuere; su presencia es una amenaza.
Si no se ve así, borracho o no, el violento entenderá que tiene barra libre.

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