EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 58

Vivir es aprender a envejecer sin sobresaltos. Un aprendizaje que conlleva exploración, genera miedo y produce angustia. Y soledad. Para aliviarnos recurrimos a los pequeños ritos cotidianos. Rituales sencillos que se sustentan en la repetición. Los pequeños placeres de todos los días. Tan sencillos como comprar el periódico cada mañana a Juan, el quiosquero de mi barrio de la Prospe, tomar el primer café, en el café de siempre, y leer el periódico empezando por la columna de Umbral en la contraportada. La figuración de esta escena, ligeramente costumbrista, corresponde al coro de funcionarios y empleados. Aseados y limpios, con un toque de olor a suavizante, acuden a tomar los ministerios, las consejerías, las concejalías, los bancos, las tiendas y las oficinas. El Madrid de pequeña ventanilla convertido en un gran mostrador, donde se vende hasta el alma. A esta escenificación algunos cursis de ahora mismo resulta que lo llaman escenografía. ¡Viva el teatro! De un tiempo a esta parte así era el prólogo de mis días. Nada especial.

Una mañana de este verano me encuentro de sopetón a Umbral en la portada de EL MUNDO. No, no le han nombrado académico. Es algo ligeramente más humano: se ha muerto. ¿Qué dirán ahora los de la escenografía? ¿Que se ha ido? Umbral no se ha ido, Umbral ha muerto. Muere el Rey, la Hermosura, el Pobre y también el Rico, por supuesto. Aquí muere hasta el acompañamiento. Otra vez el teatro. ¡Que bajen Tamayo, Alonso, Closas y Agustín González! Ellos sí saben cómo echar un telón, para eso son clásicos: telón lento, y hacia la mitad, a guillotina, muy rápido. Aplausos. Ha muerto otro clásico. Adiós rito de contraportada. Adiós placeres y días. De ahora en adelante, ¿quién hablará de la patria? ¿Quién dirá que este país se llama España? ¿Quién tocará las polainas a la tropa que nos gobierna? ¿Y de Madrid? ¿Quién hablará de tu pueblo castellano, tu género literario, tu eterna madrugada, tu güisqui, la Gran Vía, el Gijón, Chicote, los teatros...?

Te conocí en un teatro. Nos presentó Lauro Olmo, otro rojo muy encarnado, golfo de bien, que de tanto usar la camisa se quedó descamisado. Siempre me diste una pizca de miedo, no sé si por la altura, la palidez o la voz. Tu voz furiosa, como ogro de cuento o de dibujos animados.

Después hubo una noche, de ésas que no son como todas las noches. Si fuera torero serían tardes, pero no lo soy. O quizá si, quién sabe. Porque plaza de toros había y un buen morlaco. Allí estabas tú, Javier Villán y «el todo Madrid», como se decía en las crónicas de antes. Era jueves y 20 de marzo. Año 97. Empezaba la primavera. En el viejo caserón de la calle Tamayo y Baus se estrenaba Pelo de tormenta, un auto sacramental inverso de la España negra de Quevedo, Torres Villarroel, Valdés Leal, Goya, Valle-Inclán, Eduardo Roldán, Manolo Portero, Solana, Buñuel... Cuando salimos a saludar fuiste el primero en levantarte. Aplaudías grande y fuerte, también como se hacía antes.

Días después escribiste: «En el María Guerrero, por fin, esta noche, hemos asesinado a Benavente y todo el teatro realista y de mucho asunto verbal».

Y nada más Don Francisco, y nada menos. Sólo una cosa y acabo. Yo también empecé de botones en un banco. El mío era el de España. Yo a lo grande y a lo chico, tenía 15 años. Y es que en España quien no se ha puesto uniforme no es nada. Y además quieren votar los vascos.

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