Ahora estoy en Roma, pero hace cuatro días estaba en Badajoz. La profesión de plumilla no te convierte en hombre rico, pero asegura amenidad. Todo el mundo envidia un fin de semana en Roma; pero cuando dije que visitaba Badajoz, algunos amigos preguntaron, estupefactos: "¿Y qué se te ha perdido allí?" Estos amigos aplauden los fabulosos jamones y embutidos extremeños. O conocen el Valle del Jerte, que entre febrero y marzo adquiere aire japonés, con el estallido rosa de sus cerezos en flor. O aplauden la celebrada dehesa, amarilla y verde, seca y húmeda a la vez. O se inclinan ante la formidable romanidad de Mérida. O cuentan maravillas del casco antiguo de Cáceres. Pero Badajoz, ¿qué se te ha perdido en Badajoz? Les dije que participaba en unas jornadas sobre las relaciones entre España y Portugal. El pretexto debió parecerles más satisfactorio que el destino y me despidieron recomendándome que me pusiera las botas con la celebérrima torta del Casar.

Pues bien, viajé a Badajoz esperando encontrar una capital sin atributos, aquello que Petrarca describía -feliz de encontrarse lejos del mundanal ruido- como "urbs parva quidem sed provincie parve caput": ciudad menuda, capital de una provincia irrelevante. Ciertamente, Badajoz no es una ciudad populosa, aunque sí la mayor urbe extremeña. Pero tiene bastantes más atributos de los que el ignorante tópico le niega. Es una ciudad de perfil análogo al de tantas pequeñas y viejas ciudades del tipo Toledo o Aviñón (en la que, por cierto, estudió Petrarca): un casco histórico encaramado en lo alto de un cerro, que un río fondón y perezoso flanquea. Más allá del río (en este caso, ríos: el imprevisible aunque opulento Guadiana y el exhausto Rivillas), la ciudad moderna: creciendo con la fiebre característica de nuestro tiempo.

El Badajoz arcaico no tiene los encantos de Toledo o Aviñón, cierto, pero guarda interesantes tesoros ocultos. No solamente la plaza Alta, entre medieval y barroca, o la alcazaba almohade, con su torre de Espantaperros (denominación de acongojante sonoridad ibérica). No solamente cuenta con una vistosa muralla. Sino con un par de museos de primera. No tuve tiempo de visitar el Arqueológico, que las guías ensalzan, pero sí el de Bellas Artes, una verdadera delicia.

Deambulando en completa soledad entre estupendas pinturas, pasé allí una tarde de otros tiempos, pausada y entrañable. Degusté al amable Zurbarán, pero también a un truculento alumno del Caravaggio y al no menos truculento extremeño José de Mera (el cuerpo serrano de Salomé contemplando el cuerpo descabezado, chorreante de sangre, de Juan Bautista, junto a un impávido verdugo y al tirano ensimismado). Pero lo realmente encantador del museo es una colección de notables, aunque no muy célebres pintores que frecuentaron las modas de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX (esas corrientes burguesas que el arte contemporáneo, en su rumbo hacia ninguna parte, está contribuyendo a revalorizar).

Paisajes de campos tristes y montañas escarpadas. Destilaciones de ambiguas melancolías decadentes. Escenas costumbristas: curas regordetes disfrutando en la cocina, mujeres o jardines ensimismados, tipos rurales con los rasgos cortados a hachazos. Esos primos de Cézanne, Millet, Rusiñol, Beardsley o Sorolla están plácidamente aposentados en la penumbra histórica de un palacio de Badajoz. No tenía yo noticia de los Checa, Covarsí, Torre Isunza, Pérez Rubio, Juez Nieto y compañía. Me regalaron una espléndida tarde de otoño.

La parte moderna de Badajoz tiene ese aire entre borroso y pinturero que concede a todas las capitales de provincia el despendolado desarrollismo hispánico. Un desarrollismo en dos fases. La primera de estilo virgen del puño, típico del franquismo. La segunda de estilo nuevo rico, típico de la época actual, la del ladrillo de oro. Para compensar ese urbanismo que ignora todo principio estético, también en Badajoz, como en el resto de capitales españolas, el dinero público se ha puesto en manos de arquitectos singulares. Que han alzado un puente de éxito y dos grandes espacios culturales: castillos desde los que las nuevas elites ilustradas disparan la flecha de la modernidad extremeña.

El auditorio en el que mantenemos el apasionado debate sobre la península es un puro cilindro blanco. Una luminosa suma de tubos circulares: estricta y clara geometría. Se levanta en el coso de la antigua plaza de toros. La misma en la que fueron hacinados miles de detenidos republicanos en 1936, cuando el general Yagüe tomó la ciudad. Entre 1.200 y 1.800 de estos presos fueron fusilados sin contemplaciones. La carnicería de Badajoz causó estupor en todo el mundo y fue denunciada, entre otros, por el intelectual católico Jacques Maritain.

Estoy en Roma recordando a los religiosos martirizados y vengo de Badajoz, cuyo templo de la cultura evoca el martirio de los republicanos. ¡Tremenda España de la sangre y el odio! Una España que necesita no sólo el justo reconocimiento de todas las víctimas, sino muy especialmente lo que Salvador Espriu predicaba en el desierto de la posguerra: "Una limosna recíproca de perdón y tolerancia". Que todavía está por llegar.