Uno de los misterios más asombrosos que envuelven al ser humano es el hecho de la vida. Hace poco una amiga encinta me dijo casi iluminada: "¡No sabéis lo que os perdéis!". Ello me permitió sospechar que una de las experiencias más sobrecogedoras para cualquier mujer es asistir a ese proceso por el que va gestándose en su interior una vida, y una vida personal: en plena y absoluta dependencia de ella pero, a la vez, con una clara autonomía respecto de ella. La ecografía de un feto a los dos meses, minúsculo como una ranita al sol, pero tan bien dibujado, con sus piernas y manitas y hasta sus dedos mínimos en manos y pies, encandila por un lado pero, por el otro, no permitiría sospechar lo que va a salir de ahí, si no estuviéramos ya demasiado acostumbrados a ello. No es la filigrana de una miniatura muerta, sino la fuerza de una pequeña promesa viva.

Por insospechable que sea, poco a poco irá iniciándose el diálogo con la madre. Primero a través de las clásicas patadas, o a través de todo lo que la madre intenta aportar al feto en su modo de nutrirse o de abstenerse de fumar durante el embarazo... A lo largo de ese proceso, aquella imagen borrosa de la ecografía irá conquistando una semejanza cada vez mayor con la madre, a la vez que se gana también la autonomía respecto de ella, y la posesión de sí misma. Un proceso que seguirá con la decisión de salir y separarse de la madre, e irá llevando hasta el progresivo diálogo de la primera sonrisa, el primer beso, la primera palabra, la primera desobediencia, el primer enfrentamiento... hasta todas las posibilidades de comunicación e interioridad que cabe en la relación con una madre. Y, al llegar a la pubertad, dará un nuevo paso hacia esa transformación en que la vida que se ha ido recibiendo, se convertirá en posibilidad, a su vez de dar y transmitir la vida...

Toda esa maravilla acontece entre nosotros en medio de mil durezas, dificultades, dolores e incomprensiones. Por eso conviene destacar, y no olvidar, lo que late de asombroso bajo todas esas limitaciones. Pues una de las mayores lacras de la cultura actual es su incapacidad de asombro, y la consiguiente falta de respeto, ante el misterio de la vida. Hemos reducido ese misterio a sólo una oportunidad de la que aprovecharse, o un nuevo enigma por desentrañar - en beneficio propio, por supuesto-. ¡Y a eso solemos llamar calidad de vida! Con parte de razón: porque nuestra vida es sumamente precaria y amenazada de degradación; pero olvidando que la verdadera calidad de la vida es su fecundidad y su comunicación, a todos los niveles. No diré que haya que profesar el cuidado del budista ante un mosquito, pero sí podríamos aprender algo de eso.

Una de las formas más habituales de ese abuso hodierno es la que esgrime el argumento de que "no tenemos más vida que ésta, y hay que aprovecharla". En ese modo de argumentar se parte de algo que es una fe (pues tan imposible es demostrar que hay otra vida como que no la hay). Luego se convierte esa fe en un axioma indiscutible y se sacan de él las consecuencias queridas. Pero tampoco esa deducción es correcta: pues aunque no hubiera más que una sola vida, ésta tiene muchos momentos bien diversos. Y aprovechar la vida no es dejarse llevar por la lógica del momento, la cual se reduce siempre a más sexo, más dinero y más consumo. Aprovechar la vida es dar vida con ella, de las mil maneras en que eso es posible y aunque, a veces, ese dar vida implique algunos dolores de parto.

Eso que llamamos "Dios" no es más que la vida plena, la vida que vive por sí misma y que se recibe a sí misma desde sí misma. Por eso Dios es fecundidad total: es vida que vive comunicándose, no alimentándose. Y vida que es, a la vez, éxtasis máximo y máxima identidad consigo mismo. A Jesús de Nazaret se le atribuye la frase: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia". Hace ya más de treinta años escribí: "Hay una vida vivida y una vida que hace brotar vida. El hombre vive sólo aspirando, su vivir es un incesante apropiarse de la vida, tal que no puede interrumpirse sin que se acabe el vivir del hombre; y su espirar es sólo expulsión de residuos o de muerte. Dios, en cambio, vive espirando: no necesita aspirar la vida sino la sopla;y su soplar no es expulsión de residuos sino vivificación: es la comunicación del Espíritu que lo sostiene todo". Desde aquí presiento que, si las mujeres son más religiosas que los varones, quizás se debe simplemente a su cercanía mucho mayor al asombroso y vertiginoso misterio de la vida, y no a su inferioridad o su estupidez respecto del varón, como sigue pensando el machismo oficial.

La fe cristiana ha visto siempre en los seres humanos pálidas imágenes de Dios (imágenes de la Vida) que han de gestar una plena semejanza con Él (con Ella), no ya a través de esos márgenes de indeterminación creadora, típicos de todo proceso vital, sino a través de la libertad personal. Esto segundo es mucho más difícil. Pero convierte al ser humano, al menos parcialmente, en auténtico creador - o coautor- de sí mismo. Pues, por mucho que nos llamemos hijos de Dios (y lo seamos), sigue en pie lo que dice una carta del Nuevo Testamento: que "aún no se ha manifestado lo que somos". Pero que, "cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es".

Bueno sería pues que aquellos que pretenden militar "por la vida" se la tomen muy en serio en todos sus niveles y situaciones, sin hacer una reducción de esa defensa de la vida, convirtiéndola así en un arma política.

J. I. GONZÁLEZ FAUS, responsable de teología de Cristianisme i Justícia.