Rompiendo una tradición muy habitual entre los gobernantes, Zapatero tuvo ayer dos gestos que denotan el porqué de su tirón electoral: viajó a Barcelona para conocer el estado de las obras del AVE y se autoinculpó de los problemas que están padeciendo decenas de miles de ciudadanos con la mala gestión de su gobierno. Hace bien la oposición en quejarse de su visita - populista, claro, como todas las de este tipo-, ya que sorprendentemente la presteza que él ha tenido no la han tenido ellos. No deja de ser paradójico que nueve días después de que el socavón en l´Hospitalet obligara a interrumpir dos vías de cercanías y a aplicar un complejo plan de transporte en autocares, Zapatero aún haya sido el primer dirigente político español y catalán en visitar las obras y el corazón del problema. Estos días, alguien ha querido comparar esta crisis ferroviaria con la catástrofe del Prestige. Es probable que en ambos casos haya como telón de fondo una mala gestión por parte del Gobierno y una actitud altiva por parte del ministro de turno a la hora de abordar un problema sin duda grave. Zapatero ya sabe de primera mano que hay un conflicto al que no se le ve salida y que hoy nuevamente padecerán nada menos que 160.000 personas. Dando por bueno que lo primero es la seguridad, el Gobierno tiene que dar respuestas rápidas ya que la paciencia de los ciudadanos también acaba teniendo un límite. Y no es casual que aunque la encuesta que hoy publicamos muestre un crecimiento en diputados del PSC si hoy se celebraran las generales, haya una corriente de fondo marcadamente crítica con la actuación del Gobierno en Catalunya.