Los cementerios son de visita obligada para conocer la historia completa de un pueblo
En el siglo XII, el canónigo Guillem Berenguer donó a la ciudad de Barcelona una heredad junto a la necrópolis judía que albergaba la capital catalana
Ningún viajero puede jactarse de conocer una ciudad, por mucho tiempo que permanezca en ella y por muchas veces que vuelva a visitarla, si no ha recorrido su o sus cementerios. No existe ciudad, decía Josep Pla, que sólo pueda ser vista y entendida en presente. Estas fechas son particularmente propicias para pensar y hablar del pasado y de la muerte, un acontecimiento tan personal que nadie está en condiciones de describirlo por sí mismo, el misterio que todas las culturas conocidas intentan desentrañar desde la noche de los tiempos en busca de una respuesta.Todas las filosofías juntas han sido incapaces de estigmatizar el miedo a la muerte, que se impone como destino inexorable.Esta palabra tiene también una vertiente tragicómica que sirve de fondo a desgarradas historias y a otras más desenfadadas.En los años cincuenta del siglo pasado se contaba la anécdota de un hombre al que le pidieron sus datos personales y respondió: «Nacido y muerto en Cervelló». O aquel cartero del Segrià quien, al comprobar que el destinatario de una carta había fallecido, la devolvió al remitente con esta observación al dorso: «Murió sin dejar señas». Una lápida en un pequeño camposanto del Alt Empordà tenía una inscripción de estilo parecido: «Aquí yace Josep ( ) Murió como vivió, sin ganas».
En el ancestral «día de muertos» de la literatura popular, los cementerios son masivamente visitados, los nichos aparecen más cuidados y con flores frescas, y se insertan emotivas esquelas recordatorias de los seres queridos. Pero en este mundo globalizado y consumista, más interesado en mantener a ralla a la muerte que en propiciar los nacimientos, parece como si el último fenómeno de la vida fuera un valor en crisis que ha sido reemplazado por los sepelios, un negocio de gran fasto que incluye el turismo funerario y sus caballos cubiertos con penachos negros. El espectáculo popular más antiguo se organiza, paradójicamente, como la propia vida, de espaldas a la muerte.
Algunas guías de turismo alternativo sugieren paseos por los viejos cementerios barceloneses, que recuerdan muchos momentos históricos que ha vivido la ciudad y están llenos de tesoros arquitectónicos y esculturas fantásticas. Escultores como Josep Llimona, Miquel Blay o Enric Clarasó destacaron en la construcción de estatuas modernistas, de las que son escaparates permanentes los cementerios, particularmente el de Montjuïc y el de Poblenou, en los que se hizo imprescindible establecer un servicio privado de vigilancia para proteger el patrimonio funerario y evitar robos, vandalismo (rotura de jarrones y lápidas, pintadas), violaciones de tumbas o actos de necrofilia. Muchas vallas de hierro forjado fueron desapareciendo en el pasado, lo mismo que los pomos de las lápidas de bronce. Actualmente, todo se hace de acero inoxidable.
La montaña de Montjuïc se utilizó como necrópolis judía, de ahí una de las teorías más convincentes acerca del nombre: «Monte de los judíos, Monte judaico o Monte judío. También hay constancia del aprovechamiento agrícola de la montaña. En el Liber Antiquitatum Sedis Barchinone se mencionan los cultivos de viñas, olivos, higueras, huertos y bosques. Además, la devoción popular dinamizó la construcción de iglesias y ermitas para el culto.
Las primeras noticias escritas disponibles sobre el cementerio judío de Barcelona datan del siglo XI, cuando el conde Guillem Berenguer, canónigo de Barcelona, donó una heredad de viñas localizadas en Montjuïc y que limitaban al este por unas antiguas sepulturas veteres iudorum. Unos documentos inéditos copiados por los historiadores del Cartulario de la Catedral de Barcelona establecen que la fecha exacta de la donación fue el 11 de septiembre de 1111, firmada en Trípolis de Fenicia por Berenguer, quien se encontraba allí «con deseo de servir a Dios en la guerra santa y satisfacer por sus pecados». En la escritura, que se halla en el Cabildo de Barcelona, aparecen también las firmas de varios caballeros catalanes que servían entre los cruzados, como Guillermo Cofre de Servià, su hermano Cúmulo, Pedro Guerao, Arnaldo Guillén, Ramon Folch y Pedro Mir, así como la de Umberto, obispo electo de Vic. El 3 de septiembre del mismo año falleció el obispo de Girona, Bernardo Uumberto, cuando hacía su peregrinación a Jerusalén.
Las escrituras referentes al canónigo Guillem Berenguer guardan una estrecha relación con la historia de los hebreos españoles.En 1069, el predio que usufructuaba con su madre al pie de Montjuïc, tenía por fronteriza la tierra del israelita Rubén. En octubre de 1101, siendo Berenguer obispo electo de Vic (sede que no ocuparía), vendió a otro hebreo un campo junto al monasterio de San Pedro de las Puellas por 500 mancusos de oro de Valencia. A su vez, el predio de Montjuïc descendía desde el camino público hasta el mar, y en la misma línea tenía contiguo el poliandrio hebrero.
Esta necrópolis perduró hasta el fin de la judería, en el año 1391, cuando fue devastada y saqueadas sus lápidas funerarias.Unos trabajos de excavación arqueológica realizados en 1945 y, en 2001, permitieron documentar una parte de la necrópolis con más de 700 tumbas. Existe también un importante conjunto epigráfico de más de 74 unidades, recogidas en las Series Hebraicas de la Monumenta Paleographica Medi Aevi. Se trata, por sus características, del conjunto más grande, más significativo y representativo de la memoria y la cultura de la comunidad judía durante la época medieval, no sólo en Cataluña sino, muy probablemente, en el Mediterráneo occidental. Hoy, Montjuïc es más que un cementerio católico puesto que alberga también el primer recinto funerario islámico que funciona en toda Cataluña; es lugar donde el paseo, la investigación, la historia, el arte y la mística se dan la mano. La ciudad de los muertos alberga más habitantes, tesoros y misterios que la ciudad de los vivos.
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