No es una leyenda urbana: en Barcelona circula un tipo desnudo, que aparece en bicicleta o andando sin ropa para general desconcierto del personal. A más de un programa de radio han llamado en el último año los oyentes contando que habían visto un singular personaje en porretas, con una virilidad no menos singular, lo que a su vez provocaba más llamadas de otros oyentes que también se habían encontrado con este individuo. Finalmente, la Guardia Urbana le localizó el día de la Mercè en el barrio de la Barceloneta y le instó a que se vistiera, algo a lo que se negó el nudista urbano, por lo que mereció la correspondiente denuncia por desobediencia, al incumplir la ordenanza cívica que impide ir desnudo por la calle, porque se considera una actitud de menosprecio hacia el resto de los ciudadanos. Ahora, el juez Emilio Soler acaba de imponer una multa de 80 euros a Esteban T.

El diario Avui publicó el jueves la fotografía de este personaje que, entre otros tatuajes, luce uno simulando un slip, que siempre supone un ahorro en lencerías. En cualquier caso, el objetor textil sí lleva calcetines, lo que le confiere una imagen inquietante, como de personaje de vodevil encontrado in fraganti en casa ajena, algo sobre lo que debería reflexionar el insobornable nudista. Por cierto, que éste se defendió ante el juez sin abogado pero con ropa (deportiva pero vestimenta al fin y al cabo), argumentando que era miembro de una minoría en evolución y reivindicando, en aras de su libertad, poder ir por la calle desnudo. Afortunadamente, el juez era hombre cabal y redactó una sentencia en que analizó el sentido de ir vestido desde el punto de vista de la historia y de la antropología, concluyendo que "son criterios sanitarios, estéticos, morales y religiosos los que han convencido al hombre civilizado de ir vestido".

Lo cierto es que imaginarse una metrópoli nudista desconcierta. Sólo pensar lo desagradable que resultaría sentarse en un restaurante allí donde alguien ha apoyado antes sus posaderas desnudas o entrar en un vagón de metro en hora punta con todo el personal en porretas o asistir a un partido con el estadio a rebosar y todo el público en bolas es como para enviar unas líneas de agradecimiento al juez Soler.

Sostenía Adolfo Marsillach que la inmoralidad es una cuestión estética, porque los desnudos hermosos son decentísimos y los feos resultan inmorales. Que es lo mismo que decir que un desnudo en papel cuché o en el celuloide hace viajar nuestras fantasías, mientras que la desnudez de nuestras miserias no invita ni a subirse al Bus Turístic. La desnudez en una playa es paisaje, en medio de la ciudad resulta una excentricidad de alquitrán. La ropa interior no la inventaron los lenceros para crear una nueva necesidad, sino para proteger órganos vitales de las infecciones, que no del decoro. Esteban T. debería pensar que todos salimos a la calle desnudos pero con un vestido encima, pero que un nudista en calcetines por la Diagonal espanta hasta a las cotorras.