Como Holanda, pero con sol, de Ignacio Varela en El Mundo
RECUERDOS DE UN TRIUNFO
El análisis
He conocido y conozco a muchos dirigentes socialistas de ayer y de hoy. Guillermo Galeote ha sido uno de los más lúcidos y también de los menos reconocidos. Dotado de un juicio sereno -ahí es nada, en los tiempos que corren- y de una agudísima percepción de la realidad, un día fue injustamente sacrificado -con su leal consentimiento- por esas cosas que pasan cuando la política se convierte en una máquina de picar carne humana. Su papel en la dirección de las campañas electorales del PSOE durante los años 80 (especialmente en alguna de las más difíciles) fue mucho más decisivo de lo que nunca nadie ha querido admitir. Se lo digo yo, que estaba allí.
Saco esto a relucir porque viene a cuento de lo que expondré a continuación; porque se lo debo desde hace años, y porque hacerlo precisamente aquí, en estas páginas, no deja de tener un sabor especial.
Pocos días antes del 28 de octubre de 1982, Galeote plasmó de forma genial, en una sola frase, la esencia de aquel momento y el auténtico fondo de la votación que se avecinaba: «El proyecto socialista consiste en conseguir que España sea como Holanda, pero con sol».
No se puede decir más con menos palabras. Libertad política, prosperidad económica, democracia social, tolerancia de ideas y de costumbres: habría dado igual mencionar a cualquier otro de los países que representaban y representan el paradigma del modelo de gobierno más civilizado que ha sido capaz de alumbrar el ser humano. Y todo ello combinado con esa especial forma de calidad de vida de la que sólo disfrutamos los pueblos mediterráneos.
A día de hoy, aquel deseo puede dejar fríos a algunos, precisamente por lo mucho que nos hemos acercado a hacerlo realidad. Pero entonces era la expresión de un anhelo profundo de la España progresista, tras muchas décadas de frustración. Y aunque no era un objetivo específicamente socialista, si algo estaba claro para todo el mundo era que en las circunstancias del otoño de 1982, sólo un gobierno socialista -más concretamente: sólo un gobierno socialista presidido por Felipe González- tenía la capacidad de dar a España el impulso necesario para avanzar hacia él.
Dicen que en realidad la gente no vota a un partido por su programa electoral. Eso puede valer si nos referimos estrictamente al documento que recibe tal nombre. Pero no es cierto si entendemos por programa el conjunto de expectativas que ese partido, con sus ideas, sus líderes, su historia remota y su historia reciente, su imagen y también sus propuestas, suscita en los ciudadanos en el momento de votar. No tanto lo que anunciamos que vamos a hacer, sino lo que la sociedad realmente espera que hagamos. Cuando eso coincide con lo que desea la mayoría y con lo que el país necesita, se produce lo que se produjo en el 82: una votación arrolladora.
En 1982, se trataba, en primer lugar y ante todo, de garantizar la democracia (¿hace falta recordar que hubo un golpe de Estado preparado para la víspera de las elecciones?). Eso no sólo implicaba sacar a los militares del XIX y convencerlos de que son funcionarios del Estado y no sus propietarios. Además, había que meter a España en Europa; era preciso sustituir el capitalismo de carroña propio de la dictadura por una economía de mercado moderna; teníamos que empezar a construir un Estado del Bienestar en una sociedad en la que la lucha de clases había desembocado en guerra civil, y mientras tanto, poner en marcha un Estado descentralizado que hasta ese momento estaba sólo dibujado en el papel, y demostrar que funcionaba.
Esa era, en esencia, la propuesta de Felipe González; como se dice en la jerga política tan aficionada al lenguaje de la ingeniería, ése era el proyecto. Cualquier español de entonces, con mayor o menor grado de información o de elaboración ideológica, podía identificarlo como tal. Todos los españoles sabíamos dónde pretendía llevarnos: y sabiéndolo, lo apoyamos masivamente porque era lo que la mayoría deseaba y lo que España necesitaba en aquel momento histórico. Y claro, por confianza. Si algo he aprendido con el tiempo es que el voto es ante todo una cuestión de confianza.
Por cierto: nunca he compartido la tópica imagen de González como un gobernante pragmático de convicciones elásticas. A mí siempre me ha parecido un político sumamente flexible en lo táctico, pero extraordinariamente rígido en lo estratégico, entendiendo por tal lo relativo al núcleo de su política. Gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones. Es cierto que en 14 años de gobierno los gatos fueron muchos y variados, pero en lo tocante a cazar ratones no se permitía la menor desviación. Algún conflicto de mayor envergadura se derivó de aquello.
La cultura política de la Transición se basa en la combinación de la necesidad de seguridad política con el deseo de cambio o renovación. Esa cultura ha impregnado a la sociedad española de tal modo que puede decirse que todas las elecciones desde 1977 hasta el día de hoy se han resuelto en ese eje seguridad-renovación. Los españoles han apoyado siempre al partido y al líder que en cada circunstancia han representado mejor una expectativa equilibrada de seguridad y cambio. Las opciones que han puesto en peligro, siquiera potencialmente, cualquiera de los dos elementos, han recibido el rechazo popular. El PSOE no pudo ganar hasta que no fue visto como una alternativa segura, y comenzó a perder cuando agotó su capacidad de innovación y ya sólo ofrecía repetirse a sí mismo. Y lo mismo puede decirse del PP.
En 1982, tras el trauma de un golpe de Estado que estuvo a punto de triunfar, con una crisis económica galopante y con el partido del gobierno en plena descomposición, el Partido Socialista aparecía como la única garantía de estabilidad democrática. Y a la vez, como la única fuerza capaz de impulsar el cambio en la dirección necesaria. Sometida la democracia a la máxima amenaza, la sociedad sintió que la respuesta no era plegarse y reducir el paso para apaciguar el peligro, sino al contrario: dar el paso decisivo de entregar el poder a quien representaba exactamente lo contrario que el poder del régimen anterior. El cambio resultó el camino más seguro, y por eso ganó como ganó.
Y luego estaba también la cuestión de la representación política. En la izquierda, se resolvió muy pronto: frente a las ensoñaciones de quienes fantaseaban con un mapa político a la italiana (democristianos frente a comunistas), el PSOE emergió desde el principio como el instrumento de gobierno de la España progresista. Pero en 1982, la derecha tenía aún sin resolver el problema de su representación política.
Durante el franquismo, la derecha española confió la administración política de sus intereses en una primera etapa al Ejército; y en el último período del régimen, al propio aparato del Estado.
Lanzada la Transición, la derecha española tuvo que hacer frente a la dura realidad: para tener el poder había que pasar por el engorroso trámite de ganar elecciones (una realidad que aún no ha dejado de vivir con evidente fastidio, aunque la acepte y se dedique a la labor con ese accidentalismo en cuanto a los métodos que forma parte de su código genético).
La UCD fue un intento de articular la representación política de la derecha a partir de un instrumento de nuevo cuño originado en el propio proceso de la Transición y no ligado directamente al franquismo (aunque algunos de sus componentes sí lo estuvieran). Tengo la convicción íntima de que si aquello hubiera salido bien, ese partido habría gobernado en España -en solitario o con coaliciones- durante bastantes años. Pero ellos mismos lo destruyeron y eso marcó duraderamente la vida política española. De hecho, todavía se notan los efectos de aquella voladura.
Normalmente, cuando un partido que gobierna pierde las elecciones, pasa a la oposición. Pero en 1982, el partido en el Gobierno se evaporó sin más. Y frente a un partido, el PSOE, sin experiencia de gobierno, se presentó una oposición, Alianza Popular, cuyos dirigentes sólo habían gobernado durante la dictadura. Una situación extraña que probablemente favoreció al Partido Socialista desde el punto de vista electoral, pero que creó un vacío importante en la vida política y, a mi juicio, favoreció la tendencia al adocenamiento y la autoindulgencia en el partido mayoritario.
Tengo muchas razones para pensar que la cultura política del aznarismo, que hoy pervive, ha sido y sigue siendo funesta para la calidad de la vida democrática en España. Pero si algo positivo hay que reconocer a José María Aznar es que le entregaron un amasijo de siglas en desorden y ha sido capaz de montar un partido político de verdad. Aunque a cambio nos ha devuelto el inconfundible aroma de la caverna carpetovetónica.
En memorable ocasión, Fernando de los Ríos se declaró heredero de una saga de librepensadores (qué gran palabra) que se remontaba a Erasmo de Rotterdam. También hay otro rastro, claro, que no me atrevería a decir dónde empieza, pero que desemboca en la cazurra ignorancia de quien dice que de lo que hay que preocuparse no es del cambio climático, sino de las emisiones de CO2... y se fuma un puro. Sorpresas te da la vida, quién nos iba a decir que 25 años más tarde echaríamos de menos a Fraga.
Ignacio Varela es sociólogo y asesor electoral del PSOE.
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