Lo primero que me evoca esa fecha es ilusión. En los años inmediatamente anteriores, la política, en mi familia, se había convertido en sinónimo de disgustos y había supuesto un grave desgaste. Sin embargo, desde la dimisión de mi padre y, en especial, desde la creación del CDS -se unió mi mayoría de edad y con ello una participación personal mucho más importante-, todo se tornó en ilusión en torno al nuevo proyecto. Una vez más, aunque no sin ciertas reticencias de mi madre, mi padre había conseguido la complicidad de la familia y de un reducido grupo de amigos para volver a su verdadera pasión: la política.
Pocos saben lo reducido de aquel grupo inicial. Tanto, que el debate para decidir el nombre del naciente partido se inició con una propuesta de Chus Viana, cómo no, con cierto sabor vasco: Susutxi. Al ser preguntado por el significado de su extraña proposición, exclamó con aquella risa contagiosa que le caracterizaba: "¡Pues qué va ser: Suárez y sus chicos!".
No es menos cierto que las elecciones se perdieron de forma abrumadora y que tan sólo mi padre acertó -por escrito y en un sobre cerrado- el número de diputados que el CDS iba a obtener: dos.
Hoy en día, muchos analistas señalan esa etapa política de mi padre como un error en sí misma. Y es posible que así sea. Pese a ello, todavía recuerdo con nostalgia largas conversaciones en casa argumentando la necesidad de que el Partido Socialista pudiese contar con un punto de apoyo moderado y de indudable lealtad institucional que impidiese que sus Gobiernos acabaran siendo gravemente condicionados por extremismos y nacionalismos. Al final, las mayorías absolutas del PSOE, algunos errores propios y el renacer del PP, terminaron con aquellas ilusiones nacidas al amparo de los magníficos resultados obtenidos por el CDS en las generales de 1986.
Pero volviendo a la fecha que nos ocupa, no era el único ilusionado. Sería injusto dejar de reconocer que, en aquel momento, el PSOE supo ilusionar a la sociedad española y que su llegada al poder supuso una prueba de fuego para nuestra incipiente democracia que fue superada con nota. No es el momento de analizar aciertos y errores cometidos por los Gobiernos posteriores, pero es innegable que aquel cambio supuso el inicio de un gran salto sin retorno hacia la modernidad.
No quiero concluir este breve recuerdo sin volver la mirada, una vez más, hacia la ilusión de aquel pletórico Suárez por despejar el camino al Gobierno de turno de peajes -por no decir chantajes- provenientes de radicales y nacionalistas que, además, suelen ir de la mano. Hoy hubiera sido de gran ayuda a todos los españoles un partido de ese tipo. Pero aquello no fue posible. Es muy difícil que prospere un partido de esas características pero como sociedad podemos y debemos exigir a nuestros políticos, especialmente a los dos partidos mayoritarios, que sean capaces de discrepar sin que suponga la incapacidad de construir conjuntamente nuestro futuro.
Durante aquellos lejanos años, los hombres de la Transición discreparon, pero no lo suficiente como para ser incapaces de encontrar juntos las bases de un sólido y próspero Estado social y democrático de derecho bajo la forma de una moderna Monarquía parlamentaria que ha supuesto el más largo y próspero periodo de toda nuestra historia en paz y libertad. Esa es una de las grandes enseñanzas de nuestra convulsa historia constitucional: el secreto de la convivencia está en la mutua renuncia a nuestras exigencias máximas, hasta hacer nuestros programas compatibles. Aquella fue la ilusión que despertó al mejor Suárez. Quizá sea bueno recordarla hoy. Quizá, sólo quizá, seamos así capaces de ilusionarnos de nuevo... y despertar.
Suárez Illana es hijo del ex presidente
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