VICIOS DE LA CORTE
Hoy en Valencia, Mariano Rajoy será proclamado candidato a la Presidencia del Gobierno, ante 15.000 bodies, a 300 kilómetros de los tres conspiradores. Será un macroacto a la americana con vídeo y eslogan: Preparados para ganar. Ocurre con Rajoy lo que ocurría con Zapatero. A ZP le profetizaban un puesto de vendedor en la Renault de León; a Mariano ya le envían a Santa Pola, de registrador. Segundo en la pole position de la parrilla de marzo, como el ratón en el laberinto buscará la salida de boxes para ganar en un circuito lleno de trampas y poder saludar desde el balcón de Génova y el de Caravaña.
Dice que ZP es un líder débil, inane, frívolo, pero éste le supera en intención de voto. Contra sus profecías de San Malaquías, Zapatero contesta: «España está mejor que nunca». ¿Para qué quieren los ricos al PP si con el monárquico partido de la izquierda surgen cada año 10.000 millonarios y los banqueros ganan más que nunca? Los videntes de la catástrofe, la inepcia de sus subordinados, le han alejado del centro. ZP se hace fuerte en burgos pútridos y taifas levantiscas.
El enfrentamiento con los obispos le da votos a ZP y ya tiene encargada una colcha hecha de retales para meterse en la cama con los nacionalistas. La izquierda en cada tiempo inventa un espantajo; ahora ha inventado el cambio climático y, ante la tarasca, Rajoy reacciona como un personaje de Arniches recitando el almanaque zaragozano.
Creo que sus comunicadores han usado la lente incorrecta. Si Rajoy, ese espíritu burlón, fuera, como dejó escrito Umbral, el mejor político que ha tenido España desde la II República, ¿por qué se ha quedado inmóvil en los puestos de UEFA de la clasificación de la popularidad? Tal vez porque el discurso mediático en torno a su candidatura es erróneo. Se hunden los andenes, pero no se hunde España como habían pronosticado sus auríspides.
Tal vez Mariano no sea lo suficiente intransigente para llevar a la derecha a La Moncloa. La intransigencia es un producto español, como el jamón de jabujo. De aquí se echó, por dogmatismo y fanatismo, a los judíos, a los jesuitas, a los rojos. El fanatismo, dice Galdós, es el mal de esta tierra. «Los propios liberales creen en el infierno, adoran imágenes de palo y mandan a sus hijos a colegios de curas». Hasta hubo un partido que se llamó intransigente.
Rajoy debió llevar a sus colaboradores al Paular para adiestrarles en las teorías de Osho, aquel capullo que, en los años de las flores, dirigía con un bastón las orgías en las que participaban 500 parejas. A cada bastonazo se cambiaba de cabalgadura. Pero no todo era folleteo hippy. El gurú predicaba que el fanático deja la responsabilidad en los hombros de otro, y, en cambio, el sabio nunca dice que éste sea el único camino, porque desde lo alto de la montaña se puede ver que hay muchos caminos.
© Mundinteractivos, S.A.

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