EL MIRADOR
Hace unos años, cuando el llamado violador del Eixample salió de la cárcel, se armó un gran escándalo porque Crónicas marcianas intentó entrevistarle. Javier Sardá se enfrentó a la vorágine diciendo que, si el violador ya había cumplido condena, no veía por qué no podía invitarlo. El episodio de Sergi Xavier y su agresión captada por las cámaras invierte los términos. El presunto culpable vive su gloria mediática antes de ser condenado. Las cámaras, en este caso, dinamitan cualquier presunción de inocencia (como ocurría con la brutal agresión a Rodney King en Los Ángeles). En la práctica, la persecución de la víctima y del verdugo diseñada para animar los programas más tremendistas no dista demasiado de la que se produce cuando la Pantoja acude a declarar a los juzgados. Se produce entonces un extraño fenómeno que podríamos definir como continuidad en el horror,agravado por una atención parasitaria de quienes utilizan las imágenes y la catadura moral del protagonista para anabolizar sus ya de por sí dopados contenidos.
El ojo de la cámara, que inicialmente es un simple notario, no controla la onda expansiva de su mirada. Es testigo, sí, pero también dispara los mecanismos de opinión y manipulación. La voracidad del medio anula cualquier posibilidad de reflexión. El directo impone la ley del codazo. En este contexto de inmediatez caníbal, resulta difícil distinguir la ética periodística (amparada, en teoría, por el epígrafe de información)y las maniobras destinadas a crear en el espectador el deseo, siempre rentable, de linchamiento (reunidas bajo la etiqueta de entretenimiento).Información y espectáculo se contagian. Como siempre, la televisión mueve las cosas y provoca reacciones inesperadas (agiliza denuncias, expande debates e impactos emocionales) pero, justo después de provocar el seísmo, no se responsabiliza de sus secuelas. Hace varias décadas, Jerry Mander denunciaba dos efectos nocivos de la televisión: la unificación y la suplantación de la experiencia. Todos vemos lo mismo y todos debemos reaccionar igual, aunque "lo que sabemos es lo que otros seres humanos nos cuentan". La paradoja se produce cuando lo que nos cuentan y nos comentan sobre la víctima y el agresor resulta mucho más discutible que las imágenes. Digan lo que digan Sergi Xavier, los expertos, los abogados o los tertulianos, la cámara impone su machadiana lógica: el ojo que ves no es ojo porque lo veas, es ojo porque te ve.

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