Mi amigo Isaías, a quien tanto voy a querer siempre, me contaba el otro día que está pensando en venir a Madrid para ver, entre otras cosas, algunas exposiciones de fotografía de las que ahora mismo inundan la ciudad, lo mismo que Barcelona –que es donde vive Isa– está anegada por la ineptitud, el caos circulatorio, la mala fe de algunas empresas y otros desastres igualmente ferroviarios.
Yo le dije, quizá demasiado aprisa, que no merecía mucho la pena. Que la gran exposición fotográfica de esta década fue la que se colgó en el Círculo de Bellas Artes hace ahora mismo dos años, aquella tremenda de la Historia de la Fotografía Española. Y que lo de ahora son temblores de orden menor, secuelas de aquel terremoto en el que yo lo pasé fatal porque no hacía más que ver muertos por todas partes.
Estaba equivocado. Isa hará bien en venir a ver la inmensa obra de Agustí Centelles en el Cuartel del Conde Duque y, esto sobre todo, la muestra Momentos Estelares de la Fotografía en el siglo XX que Oliva María Rubio y Hans-Michael Koetzle han colgado, gracias a CajaDuero, en el mismo Círculo de Bellas Artes en que nos estremecieron todos aquellos cadáveres fotografiados –unos estaban muertos de verdad y otros no, pero todos eran cadáveres– que vimos hace dos años.
Isaías es un muchacho brillantísimo que hace bien todo lo que se propone, lo mismo escribir que traducir o coordinar publicaciones teatrales o jugar al baloncesto, y en los últimos tiempos se ha tomado muy en serio su vieja afición por la fotografía. Hace de todo, claro está, pero lo suyo es lo que a mí me gusta llamar “poesía urbana”. Le fascinan la ciudad, los rincones, las sombras, la gente que pasa por la calle. Con la cámara tiene una puntería sencillamente prodigiosa. Como yo de joven, es un fanático del blanco y negro (pero no sólo), del alto contraste y del dramatismo a la hora de tratar las imágenes. Si se asoman por su fotoblog, Opción Barcelona , verán lo que se puede hacer con talento, paciencia, un infalible “ojo” para el encuadre y un par de cámaras: una Lomo LCA+ y una que supongo será como la mía, la digital Canon EOS 350. El caso es que Isaías, no sé si conociéndola o no, se ha convertido en un implacable seguidor de la vieja máxima de Stieglitz: hay que llevar la cámara al cuello hasta cuando estás durmiendo.
Por eso pienso que Isa (y cualquiera) haría bien en ver esa no demasiado nutrida colección de “momentos estelares” del Círculo. Porque no hay más método de aprender a hacer buenas fotos que haciendo fotos… y, sobre todo, viendo miles de fotos, estudiándolas, desarmándolas en tu cabeza. Y en el Círculo, ahora mismo, están presentes la inmensa mayoría de los grandes del siglo pasado, desde el “padre” Alfred Stieglitz hasta Salgado, Ruff, Eggleston y Abramovicz, pasando desde luego por Man Ray, Giacomelli, el insuperable Cartier-Bresson, Kertész, Margaret Bourke-White (ah, aquella foto de Gandhi con la rueca), Robert Capa y por ahí seguido. No está Ernst Haas, vaya por Dios. Pero sí Leni Riefenstahl y hasta Andy Warhol, quien, la verdad sea dicha, a mí nunca me pareció un genio, pero no vamos a discutir ahora por eso.
¿Por qué “momentos estelares”? No lo son. Mejor dicho: lo son ahora, no entonces. Cuando Ramón Masats atrapó con su cámara la imagen de un seminarista de hace cincuenta años, vestido de rigurosa sotana y lanzándose como un leopardo a parar un gol en un partido de fútbol (todos los jugadores iban de sotana y, por cierto, el gol entró), no sabía que estaba haciendo una foto histórica. A él le parecería divertida, nada más. Su importancia se la han dado las cinco décadas que han pasado y la distancia inconcebible que hay entre nuestro tiempo y aquel en el que los seminarios estaban llenos de chavales que jugaban al fútbol con alzacuello. Cuando August Sander fotografía a un notario simplón que mira a la cámara con no poca desconfianza, no podía saber que aquel retrato acabaría siendo una de los mejores símbolos de una América que, casi un siglo más tarde, no reconocería –alfonsoguérricamente– ni la madre que la parió. Cuando el pérfido Robert Doisneau “cazó” a una señora “bien” de París mirando lencería en un escaparate, mientras al embigotado marido se le iban los ojos hacia el culo de una pilingui que estaba, en un rincón el mismo escaparate, pintada en un cuadro que trataba de imitar a Renoir, no nos estaba diciendo: esto es Francia. Pero hoy sabemos que eso era Francia, mucho más que De Gaulle condecorando soldados o que un bonito contraluz de la torre Eiffel. Los fotógrafos atrapan momentos. Nada más. Lo de “estelares” se lo ponemos nosotros, o se lo añade el tiempo que pasa.
Isa disfrutaría como pocas veces en esa exposición que, cosa curiosa, visitan muy mayoritariamente chavales de su edad. Pero la ven mal. Cuando a uno le gusta la fotografía y se encuentra ante decenas y decenas de obras maestras, lo mínimo que puede hacer es estudiar cada una de ellas con detenimiento. Es como ir al Prado. El querido perro de Tintoretto (en Lavatorio de pies) no mueve los ojos y se te queda mirando hasta que tú no llevas cinco minutos observándolo con abnegada paciencia. Ahí es cuando lo entiendes todo. Si pasas ante la tremenda imagen que tomó Francesc Catalá Roca en el Barrio Chino de Barcelona en 1952 (dos marineros norteamericanísimos vestidos igual que Popeye, con gorrito blanco y todo, cogiendo por la cintura a dos putillas) y le dedicas nada más que una breve sonrisa de complacencia sin dejar de caminar, no te enteras de nada, no comprendes ni aprendes nada.
Mi amigo Manolo Martín, uno de los mejores fotógrafos vivos que conozco, asegura que hoy ya no es necesario saber manejar tanto la cámara como el ordenador. No lo creo yo así. El Adobe Photoshop puede ser muchas cosas, pero no es la virgen de Lourdes y no es capaz de insuflar talento a quien no lo tiene. El ordenador podrá convertir en espléndida una buena foto, pero nunca logrará gran cosa con una mala. Por eso estoy convencido de que Isaías, como cualquier persona con inquietud creativa por las imágenes, disfrutaría como un niño en una tienda de juguetes contemplando esa aglomeración de obras maestras… hechas cuando ni se soñaba con el ordenador; cuando todo dependía del enfoque, del tiempo de exposición y del diafragma, que debías calcular en décimas de segundo; cuando no existía la posibilidad de ver las fotos recién disparadas y tenías que arriesgarte a sacrificar todo un carrete, revelándolo con más tiempo o más temperatura de lo habitual, porque tenías la intuición de que allí había una sola foto que merecía esas atrocidades; cuando casi todo lo que podías hacer era poner las manos así o asá en la ampliadora para enmascarar zonas y lograr más o menos lo que querías…
Una noche de verano, hace muchísimos años, me la pasé en blanco volviendo una y otra vez las páginas de los doce tomos de una enciclopedia de fotografía que había en casa. Cuando amaneció, le birlé a mi padre la anciana Kodak Retina, la cargué con un carrete Agfa de 100 ASA y me lancé a la calle. Por supuesto, no logré ningún momento estelar de la humanidad. Pero cuando, dos días después, aparecieron las fotos en casa (nunca supe quién fue el hijo de su madre que las positivó), mi padre sonrió y me dijo:
–El sol, a la derecha o a la izquierda: ya aprenderás a hacer contraluces. No pongas lo que quieres fotografiar en el centro: busca la línea imaginaria de los dos tercios. Agáchate para hacer retratos, sobre todo de niños, y espera a que pongan la cara que tú quieres, no la que se les pone a ellos. No trates de sacarlo todo a la vez, porque tus ojos ven más que la cámara: vete a por el detalle. Busca, antes que nada, el momento preciso, aquello que nunca antes ha ocurrido ni podrá ocurrir después. Y, esto sobre todo, no olvides quitarle la tapa al objetivo, porque eso da muchos disgustos.
Luego, todo es disparar y equivocarse, disparar y equivocarse… Lo decía Stieglitz: “Una foto no mala por carrete, una foto pasable por semana, una foto decente cada dos o tres meses. Las buenas fotos nunca se sabe cuándo aparecen… pero nunca saldrán si no llevas la cámara preparada”.
Eso es todo, Isa.
OTROS MOMENTOS ESTELARES
Desdichadamente para la historia universal de la fotografía, nadie llevaba una cámara encima cuando Espe Aguirre, a quien Nuestro Señor concedió de niña el don de la oportunidad, le metió el dedo en el ojo, ¡por tres veces en una sola comida!, al Rey Juan Carlos tratando de abogar por cierto individuo que lleva años pidiendo, desde la radio ultraepiscopal, precisamente la abdicación del Rey. Cartier-Bresson hablaba del “momento preciso”. Bueno, ¡pues en esa comida se produjeron al menos tres! ¡Y nadie hizo la foto! Aunque, la verdad, no cuesta trabajo imaginársela: ¿Recuerdan ustedes el cuadro Cronos devorando a sus hijos, de Goya? Pues imagínense al Rey en el papel de Cronos y a la otra… En fin, dejémoslo.
Tampoco había ningún fotógrafo a mano en la hipotética pero muy posible tarde en que José Javier Brey Abalo, el primo más famoso de la historia de España desde que Velázquez retrató a aquel bufón sabio de la corte de Felipe IV, obligó a Mariano a copiar mil veces, y con buena letra, la siguiente frase: “Recordaré siempre que el tiempo es lo que hace hoy y que el clima es lo que hace durante muchos años, como me enseñaba el padre Marbán en los Jesuitas de León, durante el bachillerato; y prometo no volver a hablar en público de cosas de las que no tengo ni repajolera idea, por más que se empeñen Ángel y Eduardo, que me quieren perder”.
Frase algo larga, hay que admitirlo. Pero el trabajo bien hecho, bien luce y aprovecha. Eso también lo decía el padre Marbán. Que gloria haya.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados