DE una derrota muy ajustada en las elecciones presidenciales contra George Bush, Al Gore ha obtenido una victoria mucho más importante: es un líder internacional muy respetado sin necesidad de ostentar cargo o poder alguno y, además, obtiene excelentes beneficios con sus actuaciones. Su cruzada contra el cambio climático no ha podido tener mayor repercusión este año. Ha obtenido todos los premios internacionales que se precien: Oscar, Príncipe de Asturias y Nobel. Qué más puede pedir?

Su rival electoral es hoy un guiñapo desorientado, doblegado por la estúpida guerra de Irak, pendiente de un relevo que lo saque del atolladero y sin ninguna credibilidad en Europa ni en el mundo occidental. Todavía a estas alturas sigue peleándose con Fidel Castro que es lo mismo que discutir sobre los dinosaurios. Bush tiene poder pero manda poco. Al Gore no tiene poder pero capta la atención de medio mundo con ese sermón tan bien hilado sobre el cambio climático. Su documental Una verdad incómoda atrae como un imán, plantea con crudeza y habilidad los hechos y no deja respirar: como si vivieras en el Avilés de los años sesenta y setenta bajo la contaminación de Ensidesa.

Lo que dice Gore parece bastante evidente: la Tierra se calienta. Cualquiera que no sea un terco recalcitrante sabe que es verdad. Otra cosa es cual es el origen de ese calentamiento, si la acción de hombre y el exceso de contaminación o un cambio propio de la evolución del planeta. Parece que los datos confirman que obedece fundamentalmente a las consecuencias de la Revolución Industrial y que, por tanto, parece necesaria una intervención rápida antes de que corramos más riesgos.

PERO LAS teorías del vicepresidente tienen puntos flacos. El primero es la negativa del gobierno de Estados Unidos, cuando Gore era vicepresidente con Bill Clinton, a firmar el protocolo de Kioto que apunta directamente a las causas de ese calentamiento que ahora denuncia con tanto ardor. El segundo es que su comportamiento vital no se corresponde con el de un ciudadano concienciado contra el derroche de medios y de energía. El tercero que algunas de sus afirmaciones categóricas todavía no están comprobadas o certificadas por los científicos.

Y puntos fuertes. El principal la oposición que genera entre quienes más contaminan. Luego algún temor tienen. Esas poderosas multinacionales que generan altísimos ingresos y beneficios con operaciones de dudosa compatibilidad con el medio ambiente están haciendo un esfuerzo formidable por llevar la contraria de manera sibilina a Gore y a todos los predicadores del cambio climático.

Sus recursos van a parar a medios de comunicación y grupos de opinión vinculados a ideas conservadoras y, por tanto, más fáciles de convencer. Su argumento principal es que no hay suficientes referencias científicas para sostener que sea la acción humana la causante de que estos últimos años hayan sido los más calurosos desde que tenemos registros fiables. Que no hay una secuencia suficiente para mantener esa teoría.

EN ESE GRUPO se sitúan algunos opinantes españoles, partidarios siempre de llevar la contraria y defensores de causas perdidas, que han arremetido con fiereza contra el nuevo apóstol del tiempo. A ese carro se ha subido de manera inopinada, y desde luego torpe, Mariano Rajoy, que ha introducido a la familia en un asunto peliagudo. Al Gore esquivó el jueves en Oviedo con habilidad esa pregunta y no se cebó en el dirigente gallego quien, por una vez, no estuvo hábil para evitar comprometerse que es la mejor característica de los buenos políticos y más si son registradores de la propiedad de Pontevedra. En que estaría pensando Rajoy cuando citó al primo profesor? Con lo fácil que no es decir nada, máxime cuando el responsable del programa electoral del PP, Juan Costa, situó desde el primer momento ese problema, el del medio ambiente, entre las prioridades de esta nueva etapa.

Un lapsus lo tiene cualquiera, incluso Rajoy. Pero lo bueno de la respuesta que el jueves bien temprano dio Gore en Oviedo es que el problema no es político ni ideológico: es ético. Ahí estuvo superior, hay que reconocerlo. No es una cuestión de izquierdas o derechas, es un asunto de todos, aunque haya algunas más escépticos que otros. Por ejemplo Nicolás Sarkozy, hiperactivo siempre, que quiere frenar el crecimiento desenfrenado del parque automovilístico u otros muchos hombres de estado preocupados por este asunto.

La otra actitud, la de magnates egoístas que quieren seguir explotando petróleo como sea, la de profesionales de la opinión que no tienen inconveniente en corromperse limpiamente para defender causas como esta, la de políticos despistados como Rajoy o atrapados por sus mentores como Bush, es explicable, pero tienen pocas posibilidades de mantenerse. La historia está llena de actitudes retrógradas que intentaron frenar a cualquier precio los avances científicos. Ahora estamos en uno de esos momentos: los que aportan datos y trabajos sobre lo que está pasando y los que, tontamente, se aferran a sus prejuicios para no dar su brazo a torcer.

ES POSIBLE que Gore y que muchos ecologistas exageren y muestren con excesivo dramatismo las consecuencias del calentamiento, pero algo de cierto hay. Otros antes que ellos como Thomas Malthus predijeron catástrofes (crecimiento de la población sin correspondencia de los medios de subsistencia) que no se cumplieron en absoluto. Los humanos son unos depredadores peligrosos capaces de acabar con todo pero también una especie extraordinariamente hábil y capacitada para resistir en las peores condiciones. Igual que a medida que crecía la población fueron capaces de generar nuevos recursos, ahora también encontrarán soluciones para enfriar la tierra sin apagar la luz ni bajarse del coche. Aunque de vez en cuando hay que recordarles el apocalipsis para que reaccionen. Y en eso estamos, aunque el primo de Rajoy no lo vea.

Mario Bango. Periodista.